MADRID 27 May. (OTR/PRESS) -
En Suráfrica, negros zulúes se ensañan con matabeles y xhosas procedentes de Zimbawue y Mozambique, en una ola de xenofobia que descubre una lucha de pobres contra miserables. Darwin en África y Berlusconi en Italia. El hambre y la desesperación de quienes no se resignan frente a la adversidad está cambiando el paisaje social de estos primeros compases del siglo XXI en los países industrializados. Suráfrica es el Estado africano más desarrollado; a Europa, los africanos la ven como la Tierra de Prometida: el lugar donde hay trabajo y la gente no muere de hambre o de enfermedades asociadas con la miseria.
Frente a la inmigración procedente de África que elige Italia o España como cabeza de puente, la Unión Europea no acierta a concretar una política capaz de conciliar intereses contrapuestos: acabar con la inmigración ilegal y no renunciar a ser el campeón mundial de la defensa de los Derechos Humanos. Planteado el dilema, Bruselas devuelve la pelota a los estados miembros y espera que cada uno resuelva por su cuenta. En Italia, el Gobierno Berlusconi ya lo ha hecho declarando delincuentes a los "sin papeles", anunciando que irán a parar a prisión (entre seis meses y cuatro años ) y declarando delito la mendicidad.
En España, Zapatero no quiere que le comparen con Berlusconi pero ha nombrado ministro a Celestino Corbacho. Ni Roma ni Madrid van a resolver la cuestión de fondo que no es otra que la desesperación de quienes se saben los desheredados de la Tierra, pero no se resignan a la suerte de "los hijos de Caín".
Ya les pueden poner barreras y leyes a los que llegan de África o América. Como mucho, sólo servirán para que los políticos locales más vociferantes intenten ganar elecciones. ¿Por qué? Pues porque contra el hambre y los días sin futuro no hay leyes que valgan.
Fermín Bocos.