MADRID 21 Feb. (OTR/PRESS) -
Si existe una disparidad de criterios entre lo que dice el presidente Pedro Sánchez y lo que -da la impresión-- piensan la opinión pública y publicada, o buena parte de ellas, es acerca del buen o mal funcionamiento del Consejo de Ministros. He escuchado varias veces a Sánchez hablar del magnífico engranaje de su ejecutivo ejemplar, pero veo, al tiempo, cómo los principales sindicatos de las fuerzas del orden critican a Grande-Marlaska; cómo los jueces atacan a Bolaños; cómo los agricultores a Luis Planas; los médicos a Mónica García; los funcionarios a Oscar López; los técnicos de Hacienda, entre otros, a María Jesús Montero; los diplomáticos, a su ministro Albares; los ferroviarios a Oscar Puente... No sé si esto, la protesta casi permanente de los colectivos afectados por alguna acción ministerial, es síntoma de buena salud. Yo pienso, desde luego, que no. Aunque, claro, también lo que diga la oposición hay que ponerlo entre paréntesis, porque...
Porque hay que reconocer que, junto a lo que uno, un humilde mirón al fin y al cabo, considera un cierto caos gubernamental en según qué sectores, nos encontramos con una oposición que magnifica y a veces deforma las cosas y del caos pasa al Apocalipsis. Lo digo sin ambages: el portavoz del principal grupo parlamentario en la Cámara Baja, es decir, el señor Tellado, no puede lanzarse, así como así, a calificar de "mafia" a todo el Gobierno, ni a presuponer, por citar un caso concreto, que el ministro de Interior sabía de las violaciones éticas, estéticas y legales de su 'número dos' de la Policía.
Menos mal que, al día siguiente, recuperando la cordura, el presidente 'popular', Núñez Feijoo, matizó algo a su portavoz parlamentario y permitió la duda de que, al menos, Grande-Marlaska podría haber desconocido las indecentes actividades de 'su' DAO: no tendría por qué conocerlas, salvo que se demuestre lo contrario. Y menos aún tendría que marcharse Sánchez por este asunto, como exigen desde Vox, aunque quizá sí por otros varios, lo que ahora no es la cuestión de este comentario.
Así que exigir la dimisión del ministro del Interior por este motivo parece cuando menos apresurado. Creo que Marlaska, probablemente siguiendo sus propios deseos, se tendría que haber marchado ya del Gobierno, pero no por este feísimo asunto de un policía ya destituido y merecidamente deshonrado, sino porque el responsable del orden público de una nación no puede estar, como le ocurre a Marlaska con buena parte de los guardias civiles y los policías, permanentemente enfrentado con las fuerzas encargadas de garantizar ese orden.
Y lo mismo digo con los otros ejemplos que he citado para acompañar al de Grande-Marlaska: cuando un ministro tiene enfrente a un colectivo que depende de sus decisiones -y sí, hablo también de varios de los dirigentes de Sumar integrados en el Ejecutivo, que cada vez justifican peor su permanencia en una coalición llena de boquetes-, el primer ministro, o sea, el presidente del Gobierno, tiene que plantearse soluciones muy distintas a elogiar al conjunto de su Gabinete. Sánchez actúa, y no solo en estos casos, modificando la realidad que los demás vemos: como si el elenco ministerial en su conjunto tuviese un comportamiento de suma eficacia, cosa que es obvio que no ocurre.
Una vez más, ayer hablando de Óscar Puente, hoy hablando de Grande-Marlaska, mañana seguro que de otro ministro, pienso que Sánchez se tiene que plantear, dure lo que dure esta Legislatura, una urgente y profunda remodelación de su Ejecutivo, para garantizar una mayor coordinación, una más completa eficacia, una regeneración de ideas, talentos y talantes, y hasta para lanzar un mensaje a la ciudadanía: todavía somos capaces de renovarnos, hay banquillo. Mal asunto cuando el entrenador se aferra al equipo titular porque desconoce cuál será el resultado de los cambios cuando haya que disputar el derbi. Este horror al cambio, este aferrarse a la alfombra roja, es el primer paso para perder la Liga. Y la Champions, todo.