MADRID 8 Feb. (OTR/PRESS) -
Desde el Edicto de Milán (siglo IV.) hasta la desintegración de la Democracia Cristiana italiana ,en la Europa no protestante, la Iglesia Católica ha sido "madre y maestra" de las derechas políticas del continente; la nave nodriza proveedora de ideología y compromiso político. Quizá por eso, la izquierda siempre ha creído que la religión era la política por otros medios lo cual explica la inusitada frecuencia de lo que podríamos llamar modernas versiones de las "guerras de religión".
Desde la Revolución Francesa, los estados gustan de solemnes declaraciones de laicidad. Lo laico pasa a ser sinónimo de modernidad, de progreso, de respeto a la conciencia individual a partir de la neutralidad de lo colectivo. Son valores que el ideario izquierdista opone a los derivados de la irracionalidad que, desde su perspectiva, supone la fe. Un enfoque que, por cierto, rechazan los católicos comprometidos con los valores evangélicos primigenios por entender que la caridad cristiana fue precursora y compendio de lo que, con palabras de nuestro tiempo, entendemos como la filosofía de la solidaridad.
Desde los visigodos,en España, la mitra siempre fue palio y soporte del Trono. De ahí su antagonismo con los valores republicanos. La guerra viene, pues, de atrás y por eso no debería sorprender el "crescendo" de estos días; el enfrentamiento abierto entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno socialista. Al presidente Zapatero, tan frío él, y, por lo general, tan modoso, le vimos y oímos con el verbo alterado al responder en el almuerzo de Europa Press a una pregunta sobre el llamado "Documento de los obispos". Tenía enfrente al Nuncio del Vaticano, y le reprochó con dureza lo que calificó de injusta injerencia de los obispos en la política. No comprende -dijo- la campaña contra de la asignatura de Educación para la Ciudadanía; tampoco entiende que apoyaran a Aznar cuando negoció con la ETA, mientras que a él se lo reprochan. Quedó ZP para tomar un "caldito" con el monseñor, pero los presentes salimos con la impresión de que la guerra va para largo. Quizá porque es una guerra que viene de atrás; de muy atrás. Temo por el caldo, creo que va a estar frío.
Fermín Bocos.