MADRID 7 Abr. (OTR/PRESS) -
El todavía presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha enviado un sofisticado mensaje a los iraníes. Una verdadera sutileza que se acabará estudiando en las escuelas de relaciones internacionales de todo el mundo. Por su finura. Que aprendan los buenos diplomáticos a saber cómo se abren paso los primeros actores en las procelosas luchas por el poder a escala planetaria.
A saber: "Abrid el puto estrecho, locos cabrones, o vais a vivir en el infierno. Esperad y mirad. Alabado sea Alá".
El empoderado matón de barrio amenaza con destruir las infraestructuras del país de los ayatolás, también las civiles, con el confesado propósito de dejar en la Edad de Piedra a los noventa millones de iranies que viven en un espacio equivalente al triple del territorio español. Salvo que, en sus desvaríos, al cabestro de la Casa Blanca (disculpas a los cabestros) no le importe que EE.UU. vuelva a meterse en otro Vietnam.
Fantástico, Donald.
Pero no es un desahogo aislado, a modo de "calentón" tras un ataque de contrariedad. Unos días antes, a punto de dirigirse "urbi et orbi" (a la nación, a la suya, y al mundo entero), soltó por esa boca: "Esta noche daré un pequeño discurso. Básicamente, le diré a todo el mundo lo grande que soy, el grandísimo trabajo que he hecho, un trabajo fenomenal".
Y de ahí la pregunta que nos hacemos quienes todavía nos empeñamos en encajar estos hechos en una secuencia lógica de interpretación de la realidad. Ahí va: ¿A nadie se le ha ocurrido en ingresar a este personaje en un psiquiátrico?
La pregunta no es inocente y tampoco carece de base. La base es el miedo a la tercera guerra mundial. Cómo será de verdadero y generalizado ese estado de ánimo que, en España, sin ir más lejos, una encuesta del CIS iguala a los votantes del PSOE, del PP y de Vox en el mismo miedo a un nuevo conflicto bélico sin fronteras.
Servidor lo denomina síndrome del "piloto borracho". Se extiende cada vez más. Me refiero a esa sensación de pánico que atenaza a los pasajeros de un avión que acaban de ver entrar en la cabina de mandos a un tambaleante señor vestido de capitán de la nave con síntomas de embriaguez.
El síndrome va a más desde que se empezó a saber que los EE.UU. de Trump, empujados por el Israel de Netanyahu, se habían enredado en un laberinto del que ahora no saben cómo salir porque el "number one" acaba de darse cuenta de que Irán no es Gaza, ni Venezuela. De que ya se lo había advertido el gran jefe de su brazo militar en el Ejército de Tierra, Randy George (solución: mensajero destituido fulminantemente), Y de que sus aliados del club transatlántico le vienen diciendo desde el principio: "Esta no es nuestra guerra".