MADRID 18 Abr (OTR/PRESS)
Puede que sea casualidad, aunque yo creo siempre más en las causalidades, es decir, en acontecimientos que coinciden porque alguien quiere que coincidan. Y no deja de ser sorprendente que la premio Nobel de la Paz y líder de hecho de la oposición venezolana, María Corina Machado, ande recorriendo los ambientes del Partido Popular en Madrid mientras los dirigentes latinoamericanos 'de izquierda' están, de la mano del PSOE gobernante, haciendo oír sus voces en Barcelona. Hoy son, Corina por un lado y Lula, Pietro, Sheinbaum, etcétera, por otro, los símbolos de las 'dos Latinoaméricas'. Cada una de ellas, ¿curioso, verdad?, acogida por una de las dos Españas. El muro nacional se extiende al otro lado del Atlántico a causa de una Latinoamérica que se ha vuelto casi irreconocible, imposible de clasificar de manera global.
Reconozco que veo con cierta simpatía esa alianza antitrumpista que se ha consolidado en la 'global Progressive Mobilization' de Barcelona. Pienso, sin ambages ni rodeos, que Trump es una desgracia para la seguridad jurídica y las ansias de democracia igualitaria en un mundo que le teme, pero que me parece que está aprendiendo a hacerle frente. Claro que también veo con simpatía, pese a los reparos que provocan sus oscilaciones, la figura (que nada tiene que ver con, por ejemplo, la del argentino Milei y otros despropositados líderes latinoamericanos 'de derecha'), de Machado.
María Corina, la figura más reconocible y prestigiosa de la desastrada oposición venezolana (Guaidó, Edmundo González) está sin duda legitimada para guardarle cierto rencor al inquilino de la Casa Blanca por haber, en el fondo, con su apoyo a Delci Rodríguez, consolidado de alguna forma el chavismo; no, para nada merece Trump esa medalla Nobel de la Paz con la que le obsequió la venezolana. Y también porque el golpe ilegal de los Estados Unidos contra el tirano Maduro evidenció las debilidades estructurales y políticas globales de Venezuela. Hoy seguimos esperando el juicio al ex mandatario chavista preso en Estados Unidos y del que nada hemos vuelto a saber. Todo muy al estilo de Trump, por decirlo de algún modo.
Creo que lo cierto es que ninguna de las dos Américas -excluya usted al inestable Milei, si quiere, o a lo que pueda salir del caos peruano- confía en Trump, de la misma manera que tampoco lo hace ninguna de las dos Españas. Eso, el peligro que representa el omnipotente -él lo cree, al menos, y aquí en Europa casi damos esa creencia como buena-republicano que cada día estropea un poco más el mundo desde su despacho oval, debería ser un factor de unidad en un planeta tan dividido. Hay otros problemas, sí, muchos. Pero ninguno tan inminente como el de un individuo con un inmenso poder que evidencia tantos signos de inestabilidad psíquica y moral.
Lamento mucho que las dos Américas no hayan aprovechado la oportunidad de darse la mano en el territorio de las dos Españas. Y que, de nuevo, los españoles hayamos perdido otra gran oportunidad de gozar de una política exterior consensuada, común. Quedan, todavía, otras ocasiones, como la celebración de esa XXX 'cumbre' iberoamericana en Madrid en noviembre. O como la inminente llegada a España del Papa, que de ninguna manera puede ser una figura aprovechada por unos u otros. Hay temas, bastantes temas, en los que Gobierno y oposición no pueden seguir funcionando a base del duelo a garrotazos. Porque seguir así acabará costándonos bastante caro: la pérdida definitiva de antigua influencia y sintonía con los hermanos de América Latina en su conjunto, sin ir más lejos.