MADRID 19 Sep. (OTR/PRESS) -
Cada día nos inunda más la sensación de que lo que está ocurriendo en Ceuta es bastante peor de lo que nos dicen o sabemos. Solamente con escuchar la variada multitud de datos, distintos y distantes, que nos ofrecen desde el Gobierno da para alentar una desconfianza que palpas en cualquier conversación con tus conocidos ceutís. Es, así, en este marco, altamente previsible que algo irreparable ocurra, a la vista de los hechos de los que vas enterándote. Y los que vas viendo: el traslado de inmigrantes a nuevos campamentos estuvo a punto de convertirse en un desorden total.
Hablé anoche con el director de Gobernación de Ceuta, Alfonso Conejo, un hombre mesurado, a quien pregunté lo siguiente: "estamos viendo fotografías de apuñalamientos, violaciones diarias y tenemos dos militares ingresados en el Gómez Ulla por lesiones de cierta gravedad; a este paso ¿cuánto tiempo tardaremos en tener una tragedia grave?"
Me respondió procurando no caer ni en catastrofismos ni en extremismos, pero su tono desolado bastaba para entender que su opinión coincide con tantas apreciaciones de gentes que, desde la Península, tratamos de escrutar lo que ocurre en la martirizada ciudad en la frontera del sur. Los militares se sienten indefensos -eso es grave--, las fuerzas del orden, maltratadas -igualmente grave--; los comerciantes, cerrados; los alumnos, encerrados y las mujeres, atemorizadas. Las autoridades ceutíes son impotentes para solucionar cosas que al Gobierno central le compete solucionar, pero desde la mismísima Moncloa se admite que la normalización no llegará hasta finales de año.
¿Puede Ceuta aguantar otros tres meses tal y como va? El primer problema es que, si atendemos a lo que nos dicen las fuentes oficiales, ni siquiera sabemos exactamente cómo va: han sembrado el desconcierto en la opinión pública a base de ignorar, mes y medio después, cuántos 'invasores' (perdón, el término es de von der Leyen, que no es de ultraderecha) quedan en la ciudad, cuántos andan desperdigados por el bosque, cuántos menores sigue allí sin ser reclamados por familia alguna desde Marruecos, a qué ritmo van las verificaciones. Ni siquiera hay cifra definitiva de cuántos entraron.
Y luego está, claro, la sombra amenazante de una crisis sanitaria, con una ministra de Sanidad declarando satisfecha que el hospital central ceutí está medio vacío, olvidando que no hay personal sanitario para atenderlo y que el colapso es palpable. Si ni siquiera somos capaces de hacer una radiografía correcta y veraz ¿cómo esperar soluciones efectivas?
Da la impresión de que, en el fondo, desde el Ejecutivo central nada o muy poco se ha hecho para paliar el desastre, que ya es absoluto. Y encima, ya digo, la crisis de seguridad sobre la que consulté al señor Conejo y a alguna agente del orden allí instalada, que me aseguró que los apuñalamientos son muchos más de los que se cuentan. "Si seguimos así, vamos a tener muertos en las calles", me dijo.
Me pregunto si, a estas alturas, esos muertos significan gran cosa para aquellos para quienes las muertes 'de tercera' importan poco. Al fin y al cabo, más de ciento cuarenta y cinco personas murieron tratando de llegar a la costa ceutí, miles mueren tratando de llegar en pateras y nadie se ha rasgado suficientemente las vestiduras. ¿Qué son, al fin y al cabo, un par de cadáveres más? Pues así estamos.