Publicado 23/06/2020 8:00:36 +02:00CET

Fernando Jáuregui.- España, ay, no está de moda

MADRID, 23 Jun. (OTR/PRESS) -

Ahora va a resultar que una de las víctimas de la Covid'19 va a ser la historia de España. Ahora va resultar que, en el país que mantuvo la segregación racial hasta entrados los años cincuenta del pasado siglo, o sea los Estados Unidos, se exterioriza el odio hacia el 'racismo' de España. No es que ellos lo centren en fray Junípero, ni en Colón, ni en Cervantes, cuyas estatuas y leyendas caen por tierra: es que eran españoles. Y, de alguna manera, España se ha convertido en el patrocinador de las monstruosidades que nadie reivindica, olvidando que todo hecho histórico es fruto de una época y no puede contemplarse a la luz de la filosofía imperante en este siglo XXI.

España, su Historia, se convierte en un pretexto para desahogar la ira, justa sin duda, pero poco informada, de quienes se han sentido durante siglos menospreciados, sojuzgados, maltratados. Es un símbolo más de la debilidad que aqueja a nuestro país, por un lado, y, por otro, del confusionismo ignorante de esa 'corrección política' que censura lo mismo las películas de Tarzán que 'Lo que el viento se llevó'. O que derriba también bustos de George Washington o Roosevelt. A este paso, desaparecerán las películas en las que se fuman cigarrillos. O cualquier otra cosa que hiera la susceptibilidad coyuntural de las masas, que son las que, bien lo saben desde Ortega a Judt, pasando por el 'historicista' Dilthey, acaban escribiendo la Historia, porque son las ganadoras. Y el trazo se hace casi siempre con pincel grueso.

Ciudadanos ha pedido en el Congreso que instituciones como Acción Cultural Española o el Instituto Cervantes (o, ya que estamos, la España global que sustituyó a la 'marca España') impulsen una ofensiva en favor del restablecimiento de la justicia histórica y, de paso, de la imagen contemporánea de nuestro gran país. La propia ministra de Exteriores, González Laya, ha confirmado esa ofensiva, sin concretarla, empero, demasiado. No es fácil.

Porque lo que ocurre es que España, hay que reconocerlo, no está hoy de moda. Una conjunción de hechos, causales o casuales, vaya usted a saber, ha consolidado una tormenta perfecta contra nuestro prestigio exterior. Se achaca al Gobierno una gestión peor, en el combate contra la pandemia, que la mayor parte de las naciones de nuestro entorno (lo que no es del todo justo, pero eso, en las campañas, no importa). La batalla del Gobierno central contra el de Madrid tampoco ayuda mucho. Y no digamos ya las informaciones, que aparecen milimetradas en el tiempo, y siempre en el exterior, que afectan a la Corona española.

No caeré en la simplificación de culpar en exclusiva al actual Gobierno de esa debilidad con la que estamos saliendo de una pandemia que no acaba: son varios los culpables, comenzando por un virus que ha desequilibrado el equilibrio global. Pero lo cierto es que no, no salimos ni más fuertes ni, parece, más unidos, contra lo que dice la satisfecha publicidad gubernamental. Los españoles, en general, hemos dado la talla; nuestros representantes políticos, no. Y eso, junto con unas circunstancias inéditas en el mundo entero, incluyendo la brusquedad tosca del gobernante más importante del planeta, incide en las infelices imágenes caídas de Cervantes, Colón o fray Junípero, quienes, palabra de honor, nada tuvieron que ver con los antecedentes que desembocaron en la muerte atroz del desventurado George Floyd. Pero eso, ya digo, no importa cuando la burbuja se desborda; entonces, a perro flaco todo son pulgas. Y Cervantes, Colón, etcétera lo pagan. Y nosotros también.

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