MADRID 11 Abr. (OTR/PRESS) -
Este sábado, en la sede de la Asamblea Nacional francesa, Juan Carlos I recibe un premio especial de una importante asociación literaria gala por el libro 'Reconciliación', las memorias del emérito alumbradas de la mano de la escritora francesa Laurence Debray. El hecho de que el premio se entregue en la sede de la más importante de las instituciones del Estado ha generado no poca polémica en el mundillo académico francés, y algunos galardonados anteriores han anunciado que no acudirán a la ceremonia.
Personalmente, he de reconocer que entiendo la polémica: ni el libro es una rigurosa reconstrucción histórica de la Transición ni, probablemente, su autor, auxiliado por la hija del conocido Regis Debray, filósofo y escritor marxista, amigo del Che Guevara y de Fidel Castro, reúne las características intelectuales para recibir, estiman algunos miembros de 'Lire la Societé', un premio de estas características.
Debo reconocer que, leído el libro de Juan Carlos I, me asaltó, antes que nada, una cierta decepción: ¿puede quien ha sido jefe del Estado durante cuarenta años lanzarse a la publicación de unas 'memorias de parte' como estas? Sobre todo, ocultando tan claramente la parte negativa de su biografía y presentándose como casi el artífice de la democracia española. Eso sí, tras elogiar a Franco, cosa en la que está en su perfecto derecho, pero no sé si es lo más correcto políticamente en estas circunstancias, y menos para los intereses de la Corona.
Pienso, la verdad, que Don Juan Carlos, una figura por la que sentí una gran admiración, a quien traté como periodista y de cuyas andanzas más negativas alguna vez me autocritiqué por no haber procurado publicarlas pese a conocerlas, se está equivocando en esta su última trayectoria. Jamás debería haberse 'refugiado' (¿por qué? ¿de quién?) en los emiratos monárquicos absolutos; nunca debería haber presentado demandas por su honor relacionadas con episodios de su vida que, quizá por cariño, los españoles han tratado de olvidar. Y, desde luego, bajo ningún concepto podría realizar actividad alguna (su libro lo es) que pudiera menoscabar la figura, clave, de su hijo, el rey Felipe VI.
Allá el ciudadano Juan Carlos de Borbón si se presta a patetismos como competir en campeonatos mundiales de regatas a su edad; allá él si concurre a corridas de toros casi con la intención de cortar las orejas y dar la vuelta al ruido. Él sabrá lo que hace con sus trasiegos: está dividiendo a la familia real, causando arañazos en la carrocería de la Monarquía y ofreciendo de sí mismo una imagen frívola que posiblemente lo acompañe demasiado de cerca a la hora de convertirse en Historia.
Hay mucha grandeza en la figura de Juan Carlos de Borbón, pero también muchos errores. Es parte sustancial de nuestro pasado... y no debería serlo de nuestro presente. Y no les falta algo de razón a quienes consideran que haberse prestado, junto con su escribiente, a este homenaje nada menos que en la sede de la Asamblea Nacional francesa tiene algo de 'vendetta' por lo mal tratado que se siente por una parte de la sociedad española, comenzando por el principal habitante de ese palacio de La Zarzuela en el que él, Juan Carlos de Borbón, quisiera residir y no se lo permiten. Y esto último lo entiendo, conste.