Publicado 13/04/2026 08:00

Fernando Jáuregui.- La Koldopelambrera

MADRID 12 Abr (OTR/PRESS)

Leo con detenimiento en la prensa dominical los detalles del 'juicio Ábalos', o quizá el 'juicio Koldo', o 'caso Aldama', o 'affaire mascarillas', como usted quiera. La verdad, las disquisiciones sobre el pelo que se ha implantado el ex aizkolari y ex portero de puticlubs, incluso el interrogatorio a la infeliz ejem dentista, todo ese mundo patibulario como de Torrente, son detalles sin duda sabrosos, que dan color al turbio fondo, pero que no acaban de apasionarme.

Ya sé que no es políticamente correcto decir esto así, pero, para mí, el juicio está visto para sentencia y la sentencia está clara. Un velo de vergüenza debería cubrir muchos rostros que no están en el banquillo: no, no están directamente ni en el 'affaire Abalos' ni en el juicio paralelo, centrado en otra época de abusos contra el Estado, y me refiero al postergado 'caso Kitchen'. Habrá veredicto, castigo y pasaremos página, sin que probablemente todo este sonrojo deje factura en las urnas, comenzando por las andaluzas, porque somos incorregibles: casi todo nos importa un pimiento. Nos hemos acostumbrado a lo que jamás deberíamos habernos habituado.

De las varias Españas posibles -bastantes más de las dos machadianas-, hay una que simplemente me hace volver la vista hacia otro lado, asqueado: la caricaturizada en la (creo que bastante mala incluso como sátira) película de Torrente. La hortera, putera, descuidera, que confunde 'sobrinitas' con funcionarias, la de los comisarios trincones, la de los espías huelebraguetas, la de los políticos mal educados y gritones que insultan a la prensa que cuenta lo que no les gusta que cuenten. O sea, esa España que se está ventilando en los dos juicios paralelos, que acaparan (sobre todo uno de ellos), como no podría ser de otro modo, tanto espacio en periódicos, radios y televisiones.

Comprendo que algo semejante al titular de este comentario conviene mucho a La Moncloa: que la gente pase de las miserias internas para fijarse en los esplendores internacionales, en Sánchez paseando del brazo con Xi, Sánchez odiado por el hombre que es a su vez el más odiado del mundo, Sánchez amenazado por un genocida. Esa es la gloria que quien ordena y desordena en la política de este país nuestro busca: minimicemos los escándalos domésticos, algunos tan domésticos que se quedan en familia, y maximicemos las grandes cuestiones del mundo mundial, la UE, la OTAN. O ese viaje triunfal a Pekín en el que nuestro presidente, por cierto, se anticipa a otro de Trump a la capital china, que algo tendrá cuando se ha convertido en centro de peregrinación de mandatarios.

Sí, reconozco que mi atención se centra más en un plano internacional que quién sabe en qué acabará que en los rastreros episodios de acá, del terruño. Primero, porque lo que nos estamos jugando por ejemplo con la paz o no en Irán no es poco; que el mundo esté en las manos de alguien a quien muchos de sus propios partidarios consideran ya que deberían inhabilitarle por insania no es tema baladí. Pero es que, en segundo lugar, la podredumbre de la nacional-politik te acaba abrumando; todo tan falso como la Koldopelambrera (o la Ábalospelambrera, que también ha aumentado merced a quién sabe qué presunto trasplante o Árecepelo milagroso), tan sucio como la camisa de Torrente en su ya antes citada última película, tan cutre como algunos programas estrella de la televisión entretenimiento, tan vomitivo como algunos debates parlamentarios de los miércoles.

Quizá, más que esta quebradiza moral política nuestra, tengamos que replantearnos la estética nacional, incluyendo lo del trinque que se llega en bolsas con billetes o, ya digo, lo de las 'sobrinitas'. O el cuero cabelludo de Ábalos y Koldo, que increíblemente tanto poder tuvieron en lo que entonces no parecían las cloacas del Estado, sino solo un Estado representado por gente inculta y cutre. Un chiste fácil sería decir que toda esta chusma nos ha tomado el pelo y que hoy, en el banquillo, esta trama se esconde tras un asomo de flequillo ridículo.

Pero se me ocurren calificativos mucho más serios y solamente porque me anega el desdén hacia esta gente que empeora mi mundo, que tanto me quema, hoy me centro en cuestiones capilares, como podría centrarme en otros pelos color naranja de gente al menos tan hortera como la de aquí, la de casa, pero mucho más peligrosa. ¿Estamos en buenas manos? Puaf. Y no me corto un pelo, con perdón, al mostrar mi repugnancia.

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