MADRID 9 Abr. (OTR/PRESS) -
Cambiar el mundo es una vieja aspiración de la humanidad. O debería serlo. Cuando las gentes viven bajo el terror, se dejan chantajear por un fanfarrón enloquecido -realmente lo está-, se declaran 'quemadas' y, lejos de pasar al estadio de 'indignadas', miran hacia otro lado, es que algo muy serio está ocurriendo en el planeta, ese planeta que ahora miran, de lejos, nuestros enviados especiales a la Luna. Que es, a veces lo parece, hacia donde todos vuelven la vista para no fijarla en nuestra Tierra, en estas tierras.
Lo peor que puede ocurrirnos es que normalicemos la permanente anormalidad. Todo lo que ha ocurrido, propiciado desde el despacho más poderoso del mundo, habla de la máxima inseguridad jurídica, de la suprema ignominia. Y le hago a usted gracia de comentar más en profundidad -si es que hay profundidad alguna- la insania patente de quien juega con nosotros, los terrícolas, como si fuésemos los habitantes del manicomio que 'él' ha instaurado.
Nos están ocurriendo, y hablo ahora de los españoles, cosas tremendas, todas al tiempo. A los rayos enfurecidos que nos llegan desde un Washington apocalíptico, tenemos que unir, en los mismos periódicos, la constatación de que la gobernación aquí, en casa, en las dos Españas, ha sido tan abusiva como para que coexistan en los tribunales dos juicios paralelos por un pasado corrupto. Primero, en una Administración; luego en la de signo ideológico opuesto.
Pende sobre nuestras cabezas algo parecido a una enmienda a la totalidad de nuestra política. La del mundo mundial y la nacional, esta última cada día más inscrita en el universo de Torrente. Y entonces nos preguntamos si no hay algo más que hacer que lanzarse los trastos a la cabeza, insistir en el 'y tú más', dirigido al adversario nacional, y agachar la cabeza ante el enemigo internacional, que eso es lo que es: nuestro enemigo, no nuestro aliado.
Hay sí, que cambiar el mundo, aunque no sé si eso se hace en los consejos de ministros. Ni, obviamente, desde el Consejo Europeo. Lo tenemos que cambiar nosotros mismos. Pido perdón por hablar de 'mi' libro, umbralianamente, porque este es un tema que voy repitiendo en las presentaciones de mi última obra; me parece que ya solo nos queda la receta que me dio un día para sobrevivir un viejo y sabio profesor, el doctor José Manuel Ribera: hay que protestar.
Es la primera fórmula, creo, para contribuir cada cual a ese cambio de un mundo que no nos gusta, que no puede gustarnos, que nos tiene 'quemados' . Y al borde, quizá, piensan algunos, de volver, decía, como hace quince años, a estar 'indignados'. Mientras podamos protestar --civilizada, ordenadamente-- estamos vivos. Lo otro nos convierte, como quieren en la Casa Blanca y puede que en otras casas, en zombies. Y nada hay más fácil que gobernar a un zombie, tan conformista con su destino, digan lo que digan.