Fernando Jáuregui.- Si Garzón no existiera, habría que inventarlo.

Actualizado 11/03/2009 1:00:20 CET

MADRID, 11 Mar. (OTR/PRESS) -

Recuerdo que, en una tertulia radiofónica, hace no muchos años, pero sí algunos, dije algo así como "si Garzón no existiera, habría que inventarlo". Y se organizó un cierto revuelo. Andábamos entonces en la polémica sobre los GAL, tan aplaudida entonces por los 'populares' y que tan desesperante resultó para los socialistas de Felipe González. Baltasar Garzón acababa de abandonar el escaño socialista y la comisaría contra la droga y decían las malas lenguas que había decidido posicionarse contra los que antes defendía y le defendían. No era su primer viraje y ya vemos que tampoco iba a ser el último.

Todo juez que lleva a sus últimas consecuencias su condición es polémico. Como es polémica la interpretación de la ley -cualquier ley está sometida a eximentes, atenuantes y agravantes- y sus circunstancias. Lo que ocurre es que un juez no tiene por qué ser siempre polémico en todas sus actuaciones y pienso que el respeto a la presunción de inocencia debe primar sobre la propia idea de que hay que llegar a la verdad cueste lo que cueste y se pase por encima de quien se pase.

Garzón ha desvelado tramas siniestras. Pero ¿a qué precio? Ha perseguido el terror, el narcotráfico, la violación de los derechos humanos. ETA, los capos de la droga, el pinochetismo, han estado en su lista de prioridades a combatir. También intentó entrar en el caso Al Qaeda, el más vistoso de la época, aunque sin éxito. Nada se le ponía por delante. Pero, ay, a qué pocas conclusiones satisfactorias han llegado sus instrucciones, siempre algo frustrantes y frustradas. Quiero decir, con toda claridad, que Garzón es demasiado ambicioso, demasiado sensacionalista y demasiado poco constante a la hora de instruir. Como si la explosión de los fuegos artificiales ya fuese para él suficiente. Y, además, en la 'cremá' utiliza todos los ingredientes a su alcance: gasolina, dinamita, amplificadores, amenazas, coacciones. Caiga quien caiga, aunque quien caiga pueda ser inocente. O no demasiado culpable.

Lo voy a soltar de una vez: no estoy seguro de que haya respetado siempre de manera escrupulosa ni la presunción de inocencia ni los derechos humanos del 'sospechoso', vamos a decirlo así. Ni tampoco unos métodos convencionales -también vamos a decirlo así- en su sagrada condición de juez.

Garzón es de un valor escalofriante, pero tal vez rayano en la temeridad. Da la impresión de que, como le ocurrió a su héroe, el juez Di Pietro, le importa un comino lo que piensen y digan de él, siempre que piensen y digan algo, mejor si es en grandes titulares periodísticos. Escribió -por pluma interpuesta- un libro vergonzosamente hagiográfico sobre él mismo, dejando muy claro, una vez más, que es su propio objeto de adoración y culto. Sus amigos son exclusivamente sus incondicionales; los tibios son expulsados de su círculo.

Lo más importante, acaso, es que se puso el mundo por montera. Podía dar conferencias no declaradas, escribir libros sobre sí mismo, ya digo que por persona interpuesta, filtrar -le acusan- parcialmente sumarios, coaccionar a imputados más allá de lo teóricamente permitido. Ningún juez se aprovechó tanto de los privilegios de serlo como Baltasar Garzón. Irritó a la derecha, luego a la izquierda y luego nuevamente a la derecha. En estos momentos, quienes un día lo admiramos -ahora ya no estoy tan seguro de ello- no podemos apostar por sus instrucciones, en las que se presumen más culpabilidades que inocencias. "Hemos sido amigos alguna vez", me dijo un día, indignado por algo que escribí y no le gustó.

Espero no resultar demasiado contradictorio si digo que aún pienso que si Garzón no existiera, habría que inventarlo. Pero, eso sí, también hay que inventar sus contrapesos, sus límites y a los propios jueces encargados de juzgar lo que hace el juez. La demasía, a la hora de investigar algunas cosas que nadie se atreve a hacerlo, es un colega necesario, me temo. Por lo demás, me irritan algunas de las cosas que dicen sobre él los más extremistas de la derechona: no me cabe duda de que es un mal instructor, pero me cuesta pensar que alguien de sus características sea un prevaricador. Es un político, pero vaya usted a saber de qué ideología. Es un tipo libre, pero esclavo de su egolatría. Es honesto, pero su manga para juzgar lo que es la propia honradez es a veces bastante ancha.

En suma: es un ser humano, demasiado humano para ser, como él piensa de sí mismo, divino. Y, encima, es juez en España, casi nada. ¿Lo condenaremos por haber cobrado, no sé si de manera del todo estética, unas conferencias bien pagadas, y no por haber sembrado de tristeza algunos hogares honestos, pero presentados en sus sumarios como si no lo fueran?

Garzón representa, exacerbados, las virtudes y vicios de la Justicia en España. Nada más. Nada menos. Lo dicho: habría que inventarlo de nuevo y quién sabe si, a continuación, reconstruirlo y luego olvidarlo.

OTR Press

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