Siete días trepidantes.- ¿Y si hay un vuelco?.

Actualizado 27/09/2015 12:00:22 CET

MADRID, 27 Sep. (OTR/PRESS) -

Estuve en Barcelona con varios políticos, con bastantes colegas catalanes, con gentes interesadas en la política que en sus teléfonos móviles llevaban encuestas de imposible publicación en los medios merced a una absurda prohibición legal, pero que circulaban de mano en mano. Los sondeos, casi todos, coincidían en sus líneas generales. Y una sensación nueva recorría el viernes, día del cierre de una campaña que ha sido tremenda por muchos y variados conceptos, la Ciudad Condal: de darse como inevitable la victoria independentista, de pronto muchos politólogos, comentaristas y hasta dirigentes de formaciones, incluso secesionistas, pasaron a otra fase. ¿Y si resulta que es posible el vuelco, y si por una serie de circunstancias gentes que no votan habitualmente, a la vista de la tensión ambiental, se lanzasen a las urnas? ¿Qué pasaría con una participación inusitadamente alta?

No he percibido, en mi breve toma de contacto con las calles catalanas, esa indiferencia de la que muchas veces los ciudadanos que se sitúan por encima de todo hacen gala ante una jornada electoral; muy al contrario, a nadie le he escuchado que no piense votar este domingo. Y esa participación masiva haría que cosas que hasta ayer parecían relativamente previsibles se conviertan en una absoluta incógnita: si la lista que debería estar encabezada por Mas y, sin embargo, lo está por un Romeva hasta ayer casi desconocido, no obtiene mayoría absoluta, el hasta ahora presidente de la Generalitat abandonará el puesto, de manera que los extremistas de la CUP, que rechazan radicalmente a Mas, puedan apoyar la lista del 'Junts', pero con otro, quizá el propio Romeva, a la cabeza. He escuchado muchos rumores más o menos 'informados' que aseguran que Artur Mas ya tiene incluso una residencia en los Estados Unidos. Y un bien remunerado trabajo allí, añaden, citando incluso la multinacional que le contrataría.

Me limito a contar lo que me contaron. Y a reflejar el pesimismo de, entre otros, algunos empresarios de importancia, que creen que, si no se forma un Govern independentista porque no hay acuerdo en el Parlament que ofrezca una mayoría suficiente, entonces podría formarse un Ejecutivo de izquierda 'dura', con Esquerra, Iniciativa, quizá Podemos y la CUP. Un gobierno catalán que sintonizase con la alcaldesa de Barcelona, vamos. Un peligro aún mayor que el separatismo, que dijo Luis de Guindos en público y ratificó, en privado, el gobernador del Banco de España. Y yo, la verdad, no acabo de ver a esa burguesía catalana de-toda-la-vida sintiéndose representada por un tal elenco ministerial 'frentepopulista'. ¿Será eso lo que hayan querido los votos del conjunto de los catalanes? Va a ser muy difícil, mucho, interpretar el sentido de la votación de este domingo; he escuchado explicaciones verdaderamente rocambolescas para que algunos amigos barceloneses justificasen su voto al 'sí' a la independencia...mientras me aseguraban ser anti independentistas. Simplemente, nadie les ha hecho ninguna oferta para ellos apetecible, me temo. Y, entonces, va patada a 'Madrid' en general y a Mariano Rajoy en particular.

Casi tan difícil como explicar algunas votaciones va a ser reconstruir los puentes dañados o simplemente rotos entre Cataluña, como conjunto, y el resto de España. Esta vez, los arañazos han impactado en la ciudadanía, en los medios de comunicación de uno y otro lado, en las instituciones, en el marco internacional, que parece mucho más concernido de lo imaginable por lo que ocurra en una región española llamada Cataluña. He escuchado a algún presidente autonómico decir que "si los catalanes se independizan, que vayan pensando en venderle sus productos a otros que no sean nosotros". Porque así, con amenazas por un lado y desplantes chulescos por el otro, con oídos sordos por ambas partes, con propuestas imaginativas --la de añadir un artículo adicional a la Constitución lo es, o lo era-- que han caído invariablemente en saco roto, con ceguera no menos pertinaz a la hora de hacer planes para el futuro, ha transcurrido la campaña más educadamente bronca que yo haya conocido. No ha habido nivel, aunque algunos candidatos --estoy pensando en el socialista Iceta, o en el unionista Espadaler-- hayan hecho, hay que reconocerlo, una campaña estimable, alejada de las ocurrencias, las 'boutades', la egolatría, las mentiras, la ignorancia o la mala baba de otros, y permítaseme no señalar.

Atrás quedaron los vídeos, más o menos novedosas y sorprendentes; atrás, los anuncios del peligro que corren las pensiones si hay separación. O la balanza comercial. O el pago de la deuda. Atrás la polémica acerca de si un catalán escindido puede o no ser desposeído de su nacionalidad española --resulta que los que quieren una Cataluña ajena a España y a la Constitución, esgrimen que esa misma Constitución les garantiza poder seguir siendo españoles; ¿hay quien lo entienda?--. Atrás algunas demasías en mítines y en medios de comunicación. Hemos comprobado la talla de la llamada clase política --la catalana y la nacional-- y se ha tensionado a la sociedad hasta lo indecible. Es la hora de la verdad, los dados están echados, y no me digan que estas elecciones son solamente unas autonómicas más, porque eso ya no puede sostenerse. Pero, oiga, ¿y si hay un vuelco? ¿Y si...?

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