Publicado 29/03/2021 08:00CET

Francisco Muro de Iscar.- La procesión (y la fe) va por dentro

MADRID, 29 Mar. (OTR/PRESS) -

El año pasado pensábamos que aquella Semana Santa sin procesiones, sin cofrades en las calles, sin los pasos y los tronos recorriendo nuestras ciudades, siguiendo los actos litúrgicos por internet, era solo un pequeño paréntesis, una renuncia temporal. Ya vemos que no. Estamos igual que entonces, condenados a un encierro que no es solo físico. Pero aquella Semana Santa sirvió también para recuperar la esencia de una celebración, el sentido real de la Semana Santa para los cristianos y para los que no lo son. Y para que muchos recuperaran el sentimiento religioso. Porque lo que sucedió hace dos mil años sigue siendo un símbolo llamado a durar milenios y porque el mensaje del Cristo crucificado es hoy más necesario y está más vigente que nunca.

La Cruz es símbolo de sufrimiento como el que ahora padecen tantos enfermos de Covid o los sanitarios que los cuidan, o las familias que velan a sus enfermos o que han tenido que enterrar a seres cercanos. Pero la Cruz es también símbolo de perdón y, sobre todo, de Amor. Como ha dicho el Papa Francisco, "en el contexto de preocupación en que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros la maltratamos".

Esta Semana Santa no habrá tampoco procesiones en las calles, pero, afortunadamente, sí podemos entrar en las Iglesias y mirar de frente las maravillosas imágenes que no sólo son símbolos para los creyentes sino un patrimonio cultural sin el que no se explica lo que somos hoy como personas y como país. Nuestras raíces más profundas, nuestros valores religiosos y nuestros valores cívicos están ahí. En la literatura religiosa, en la pintura y la escultura, en la música. No es posible entender nuestra civilización actual sin las raíces cristianas que están en el espíritu de las familias, en la cultura que nos ha hecho pueblo y pueblo de Dios. Decía Emil Cioran que "cada vez que escucho la Misa en sí menor o la Pasión según San Mateo o una cantata de Bach debo confesar que Dios tiene que existir y ésta es la única prueba que los teólogos han pasado por alto". Hace unos días Javier Cercas escribía que "por muy ateo que seas, escuchando a Bach te entran unas ganas irreprimibles de creer en Dios". Como mirando al Cristo de Velázquez en el Prado y tantas otras imágenes de los grandes pintores.

La Semana Santa, la pasión y muerte de Cristo, es el mayor y más fuerte mensaje de Amor de la historia de la humanidad. Para todos los hombres y mujeres, sin exclusiones, pero sobre todo para los más débiles, para los más desfavorecidos, para los humillados, para los excluidos, para los rechazados. Amor que acoge, que une, que da vida, que se toca. Porque si no acoge, no une, no da vida, no se toca, no es amor. Y otra vez Francisco: "La grandeza de la vida no está en tener o afirmarse, sino en descubrirse amados. Y en la belleza de amar".

Este año, la procesión (y la fe) va por dentro. Tenemos que mirar hacia dentro de nosotros para aprender a mirar hacia fuera y poder ver a los que nos necesitan, a todos aquellos a los que Jesús de Nazaret abrazó desde la Cruz. Este es tiempo de sufrimiento y por eso es más necesario que nunca llevar a la calle el mensaje de Amor y de Fraternidad del Cristo crucificado. En tiempo de pandemia, aunque no haya procesiones, lo que tiene que darse es comunión en el dolor y en la esperanza. Es tiempo de reflexión, de perdón y, sobre todo, de amor a los otros.

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