Publicado 30/03/2026 08:00

Francisco Muro de Iscar.- Semana Santa: la paz quebrantada por el odio

MADRID 29 Mar (OTR/PRESS)

"¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Qué hace Dios en una cruz?" se pregunta José Antonio Pagola. "Un 'Dios crucificado' constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos". Cada Semana Santa, cada día, deberíamos cuestionar nuestra mirada hacia el dolor, la angustia y el sufrimiento profundo de tantos crucificados que están hoy ante nuestros ojos indiferentes: todas las víctimas, los niños impunemente asesinados, los millones de desplazados por todas las guerras injustas que ya ni siquiera nos conmueven y que se inician por el desprecio de los poderosos hacia la vida humana. Hay muchos más: la última, Noelia a la que la sociedad no supo dar los cuidados que necesitaba y la empujó hacia una muerte que nunca puede ser digna. Los enfermos que no reciben las ayudas y las atenciones imprescindibles. Los migrantes señalados y culpados cuando sólo quieren tener derecho a una vida mejor para ellos y para sus hijos. Los indigentes y los pobres, millones en esta España rica, sin trabajo, sin hogar, sin oportunidades. Los ancianos abandonados por sus hijos y por la sociedad en la precariedad y en la soledad. Los jóvenes sin futuro ni esperanza. Las mujeres sometidas a la violencia machista y las que son obligadas a prostituirse para sobrevivir. Todos estos nuevos crucificados nos desafían a una mirada limpia, compasiva y a levantar la voz, como lo hizo Cristo, contra la injusticia.

Hace dos años, el Papa Francisco evocaba en Semana Santa "la paz quebrantada por el odio". Hoy, ese odio ha crecido y va cobrando carta de naturaleza en nuestro mundo y amenaza todo y a todos. La Semana Santa nos llama, no solo a los cristianos, a la conversión, a salir de la indiferencia, a restablecer nuestros vínculos con ese Dios que se entregó por todos, pero sobre todo por los que sufren. Un Dios de amor, de misericordia, de compasión que nos invita a acoger nuestros límites, a abrazar la fragilidad que nos rodea, a desterrar el odio, a buscar el perdón y a perdonar, a orar por todos y cada uno de los que sufren en silencio. Lo que Jesús nos ofrece es un amor que libera porque Él ha cargado con nuestro dolor y nuestro sufrimiento.

Para los cristianos, la Semana Santa, la resurrección de Cristo, la promesa de que también nosotros viviremos una nueva vida, la razón de nuestra fe es precisamente esa: la resurrección no es el punto final sino el punto de partida. También es presente: la Pasión de Cristo está hoy en todo lo que nos rodea: en la música, en la literatura en la religiosidad popular, en las catedrales y las iglesias de nuestro país, en las procesiones que esta Semana Santa verán en las calles millones de personas. En este mundo descreído de ruido, maldad y distracciones, Dios está presente y crece la necesidad de muchos de buscarle y encontrarle. En el silencio mejor que en el ruido, en la paz y no en la guerra, en la pasión por las personas y no en su exclusión o en su criminalización.

Jacinto Núñez Regodón nos habla de cuatro rostros de Cristo: el dolorido de san Marcos, el inocente de san Mateo, el misericordioso de san Lucas y el triunfante de san Juan. Es también "el dios que quiso ser hombre", del ensayista y novelista Rafael Argullol, un no cristiano que, sin embargo, admite el misterio de Cristo. Es ese que hace creer en Dios al director de orquesta, John Eliot Gardiner "cuando interpreto a Bach". Es el Dios, enamorado de los hombres hasta el punto de inmolarse por ellos, que transforma vidas y al que sólo hay que abrir las puertas para que nos ilumine, nos comprometa con los que sufren y nos de esperanza para acabar con el odio que lo quebranta todo.

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