Francisco Muro de Iscar.- El silencio de los corderos

Publicado 28/11/2019 8:00:59CET

MADRID, 28 Nov. (OTR/PRESS) -

Siempre me ha sorprendido el poder omnímodo y no discutido que tienen los líderes de los partidos en España. Los presidentes o secretarios generales de los partidos hacen y deshacen sin tener que dar cuentas a nadie y, en muchos casos, sin informar a nadie. Seguramente es un mal que parte también del inicio de la democracia cuando la necesidad de partidos fuertes y de liderazgos firmes facilitó que el que ganaba ostentaba todo el poder y tenía en sus manos, sobre todo, la decisión de quién iba en las listas y quién no en cualquier lugar de España. También, seguramente, hay una herencia franquista en todo esto, porque los líderes de esos años iniciales de la democracia se formaron en un régimen donde el poder era absoluto y los contrapesos del Estado de Derecho no existían. Pero, los nuevos líderes, los que nacieron en la democracia, ¿por qué siguen haciendo lo mismo? ¿Por qué esa falta de debate interno en los partidos sobre cuestiones fundamentales?

Albert Rivera se ha ido de Ciudadanos porque ejerció el poder de forma absoluta y convirtió el partido de muchos regeneracionistas en el suyo exclusivo. En Podemos no se mueve una hoja sin que Pablo Iglesias lo permita y las pequeñas disidencias regionales se acaban aguando cuando el líder se pone serio o cuando se ve que el poder puede estar cerca. El comunismo ha sido siempre así: disciplinado, de liderazgos que acaban con cualquier disidencia y con el partido por encima de la libertad de los individuos. Algo parecido podríamos decir de lo que representa Santiago Abascal, que no es fascismo, pero que bebe en alguno de sus afluentes. Pero, ¿por qué el centro derecha y el centro izquierda, PSOE y PP son igual de monolíticos? ¿Por qué en sus filas está duramente castigado el desacuerdo, aunque sea sobre cuestiones menores? ¿Por qué nadie se atreve a desafiar con ideas los postulados del jefe? Los que ganan un Congreso o unas elecciones laminan a los que pierden o los obligan al exilio político e intelectual. Los que se quedan tragan con todo lo que diga el jefe hasta que viene otro. Ha pasado con Felipe González, con Zapatero y pasa con Pedro Sánchez. Ha pasado con Aznar, con Rajoy y ahora con Pablo Casado.

En estos momentos, cuando estamos más cerca que nunca de un Gobierno imposible de socialistas, comunistas e independentistas, en el PSOE callan prácticamente todos los barones. Dentro y fuera de los órganos directivos. Cuando se habla de una mesa de negociación "entre Gobiernos, de igual a igual" callan todos en el PSOE. Cuando Rufián presume de "poner y quitar gobiernos" o piden que se salten lo que ha sentenciado la Justicia, nadie habla en el PSOE (Nicolás Redondo, Leguina o Rodríguez de la Borbolla no dejan de ser ilustres jarrones decorativos sin poder ni influencia). Cuando Podemos, su socio de gobierno, ampara una consulta o una afrenta contra la Monarquía, callan todos. Cuando el PNV, con el apoyo de Podemos, avala un Estatuto vasco antiespañol, todos callan. Cuando en Navarra el socialismo gobernante está en manos de lo que quiera Bildu, callan todos. El silencio de los corderos, la ausencia de debates, el miedo a los que mandan. Deberían saber que, casi siempre, los corderos acaban en el matadero.

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