Actualizado 27/04/2007 02:00

Isaías Lafuente.- El último viaje

MADRID 27 Abr. (OTR/PRESS) -

David apareció muerto el pasado lunes en el asiento trasero de su coche. La familia había denunciado su desaparición el viernes, dos días después de que David saliera de casa por última vez camino de su trabajo en Mercabarna. Hasta aquí la noticia de una desaparición dramáticamente esclarecida. Lo que la hace especial son las circunstancias del hallazgo. El coche con el cadáver de David no estaba aparcado en un paraje oculto, sino en el depósito de automóviles de la grúa municipal de Mataró (Barcelona). Sus operarios realizaron el trabajo de manera impecable e implacable.

En la hipótesis más benévola el controlador pasaría un par de veces ante el coche mal aparcado antes de formular la denuncia, para dar tiempo al infractor. Después lo controlaría varias veces a lo largo del día hasta que reclamó la presencia de la grúa para retirarlo. Quienes se llevaron el vehículo tuvieron que rodearlo para colocar los anclajes, para vigilar que la operación se desarrollase sin contratiempos. Nadie vio nada. Al parecer, los cristales traseros estaban tintados e impedían ver el interior.

Lo peor no es eso. Puede entenderse. Lo peor es que desde el viernes la Policía Municipal tenía la denuncia de la desaparición y, por lo que se ve, no hizo lo suficiente - la familia dice que no hizo nada - por buscar a David. Y no era muy difícil. El cadáver lo descubrió por casualidad un amigo al que la grúa también había retirado su coche mal aparcado. Cuando fue a recuperarlo se topó en el depósito con el coche de su amigo desaparecido. Abrió las puertas y allí estaba él, muerto.

La televisión nos educa mal, y acostumbrados a ver la pericia del doctor House para detectar una disfunción cerebral a partir del mal aspecto de la uña de un pie, o al agente Grissom y su equipo del CSI de Las Vegas localizar a un asesino en serie a partir de un grano de caspa encontrado en un tiesto de la última víctima, nos cuesta comprender cosas como ésta. Ya no para Grissom, que ya sabemos que lo suyo es ficción, seguramente para un quiosquero de Mataró no habría sido muy difícil iniciar la búsqueda de David cruzando datos, buscando en el territorio de lo evidente, por ejemplo, en el coche que cogió el día de la desaparición para ir al trabajo y que, oh casualidad, estaba en el depósito municipal, custodiado por funcionarios públicos. En la ficción de Las Vegas, los agentes habrían perdido algún tiempo en buscar huellas o rastros de sangre en la chapa para lucir sus sofisticados medios en diez o doce planos de película. Aquí, que somos más prácticos, cualquier policía habría hecho lo evidente: abrir las puertas del coche; caso resuelto.

El juicio del 11M está sacando a la luz algunas chapuzas - disfunciones, diría alguno - que permitieron que los autores de la masacre hicieran su trabajo ante los ojos de policías que los detectaron, pero fueron incapaces de cruzar datos sobre los potenciales asesinos. Después de la masacre vino el trabajo brillante que es, por cierto, el que suelen desarrollar todos los policías y todos los médicos sin necesidad de ser Grissom o House. Trabajo oscurecido por melonadas como la de la Policía Municipal de Mataró, incapaz de resolver un caso evidente. Si fue por impericia, malo; pero si fue por desidia, mucho peor.

Isaías Lafuente.

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