MADRID 4 Mar. (OTR/PRESS) -
En razón de haberse convertido en una suerte de comodín, que traslada la idea de que quien lo proclama o se lo adjudica está cargado de razón, se ha puesto de moda un sintagma de significado confuso. Me refiero a "estar del lado correcto de la Historia ".En este caso la historia concebida con mayúscula. La última vez que hemos escuchado dicha proclama fue el pasado fin de semana en boca de la actriz Susan Sarandon en el transcurso de la ceremonia de entrega de los premios Goya.
La estrella norteamericana adjudicaba dicha ubicación en el escenario de la política al presidente Pedro Sánchez, en función de la posición del gobierno español que venía de criticar el ataque contra Irán llevado a cabo por EE.UU. e Israel aduciendo que era una acción contraria al Derecho internacional. De las palabras de la señora Sarandon se deducía que también conocía la posición crítica que en su día había sostenido Sánchez a raíz de la invasión israelí de Gaza. En el decir de la actriz quedó reflejado el mensaje que proclamaba la chapa con el lema "Free Palestine" que tanto se prodigó en el transcurso de la gala en el atuendo de los demás actores y actrices asistentes al festejo. Con la excepción de alguna que se negó a llevarla con el argumento: ¿por qué Palestina y no Ucrania?, el grueso de la parroquia se abonó a la chapas. Algunos de los premiados y también los presentadores de la gala incluyeron el mismo mensaje en sus intervenciones. Alusiones al "genocidio" perpetrado por Israel en Gaza y omisión de la masacre cometida por Hamas el 7 de octubre de 2024. Tampoco nadie se acordó de recordar a los miles de iraníes -más de treinta mil según algunas fuentes- masacrados entre el 18 y el 19 de enero en el transcurso de las multitudinarias manifestaciones que denunciaban la dictadura teocrática de los ayatolas. Un régimen especialmente cruel con las mujeres.
¿Cómo tratarán los historiadores del futuro estas historias? ¿Quién decidirá cuál fue el lado correcto de la historia? Lo más fácil es pensar que no habrá acuerdo y que cada uno contará la historia a su manera. O peor aún: cediendo a la tentación de reescribirla en función de los prejuicios y dogmas políticos del momento.