MADRID 4 Mar. (OTR/PRESS) -
El líder del PP, Alberto Nuñez Feijóo, ha introducido en la "conversación" una propuesta polémica: el regreso de Juan Carlos de Borbón. La excusa no es otra que la desclasificación de los documentos del 23 F, en los que queda claro lo que ya sabíamos: el rey desmontó el "golpe" con su alineamiento con la Constitución y, por tanto con la incipiente democracia.
En este aspecto al Gobierno le ha salido el tiro por la culata: ya les hubiera gustado encontrar algún papel que cuestionara la actuación de Juan Carlos de Borbón aquella fatídica noche. Pero la realidad es la que es: el rey se opuso a los golpistas, como por otra parte era su obligación. Es decir, hizo lo que tenía que hacer y si hubiese hecho lo contrario habría traicionado a España y a sus ciudadanos. De manera que justo es reconocerle su actuación decidida a favor de la legalidad democrática, pero eso fue hace cuarenta y cinco años, y una vez reconocido su papel, lo que ahora está en cuestión no es otra cosa que sus veleidades sentimentales y económicas durante todo su reinado. Ser el rey de España es un privilegio y, no es obligatorio, por tanto debe de ser impecable el comportamiento de quienes ostentan ese honor. No cabe reivindicar que los reyes tienen derecho a hacer y vivir como les venga en gana.
El reinado del rey emérito tiene luces, pero también las sombras de su comportamiento no siempre ejemplar, puesto que en demasiadas ocasiones antepuso sus apetencias personales a sus obligaciones.
Y siendo esto así, también es verdad que los distintos gobiernos se lo consintieron. Los jóvenes se preguntan por qué, y cuesta explicarles que, en aquellos años, buena parte de los ciudadanos no queríamos que se tambaleara el andamiaje institucional de nuestra democracia y eso llevara a mirar hacia otro lado o no prestar atención sobre las "historias" que se contaban sobre el rey. Así fue hasta el día en que España entera se enteró de que el rey Juan Carlos de Borbón estaba en África cazando elefantes con una supuesta princesa y además se había caído rompiéndose la cadera con lo que eso suponía a su edad.
Ese día se le acabó el "estado de gracia". Sobre todo, porque ya eran imparables los rumores sobre su comportamiento frívolo: que si estaba enamorado de la supuesta princesa y la tenía viviendo en dependencias de la Zarzuela, que si se quería separar de doña Sofía, que si había aceptado "regalos" inapropiados de ciertas monarquías del Golfo, que si... que si... que si...
Y todas esas informaciones de las que se rumoreaba en voz baja se convirtieron en titulares y todo su prestigio se vino abajo.
Marcharse de España a un exilio elegido en un país del Golfo seguramente no fue la mejor idea, pero fuera por su propia voluntad o porque desde el Gobierno de Sánchez le indicaron la puerta de salida, lo cierto es que al irse cerró una puerta que ahora es difícil de abrir.
Sin duda es comprensible que el rey emérito añore España y desee regresar de su exilio dorado y que con la desclasificación de los documentos del 23 F piense que los españoles se van a reconciliar con él olvidando ese pasado reciente para agradecerle ese pasado ya remoto.
Podría ser así, pero al emérito le "pierde" su propia personalidad. Parece que le resulta difícil caminar por la vida con discreción, sin arrogancia, pasando inadvertido, y no en plan de "aquí estoy yo, hago lo que me da la gana y además que me agradezcan los servicios prestados".
Si Juan Carlos de Borbón regresa a España tendría que vivir con discreción, sin convertirse en un personaje de la crónica social, y sobre todo sin poner en aprietos a su hijo el rey Felipe VI.
Don Felipe está demostrando ser un buen rey y con su comportamiento ha ido ganándose día a día, no solo el respeto, también el afecto de los ciudadanos.
Conclusión: el rey emérito debería de poder volver a España pero siempre y cuando no se salga del cauce de la discreción, actúe con mesura y no dé lugar a polémicas. Ni más ni menos.