MADRID 4 Ene. (OTR/PRESS) -
Si alguien pensó que sus eminencias reverendísimas iban a rectificar, como pedía José Blanco, por las opiniones expresadas por los tres cardenales participantes en la sesión por la familia cristiana desarrollada en la Plaza de Colón, estaba fuera de la realidad. La Iglesia puede que alguna vez rectifique -en el caso de algunos grandísimos excomulgados, de algunos condenados en vida-, pero no es su fuerte ni es su tradición más notoria. Hace un par de meses dejaba a todos atónicos el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Blázquez, porque tenía el coraje de solicitar perdón por determinadas actitudes mantenidas por la Iglesia Católica española y determinados obispos y cardenales que se sumaron desde el primer momento al carro del general Franco y que hicieron con él la guerra y vencieron con él.
A monseñor Blázquez será difícil que muchos de sus colegas le perdonen la osadía de pedir esas disculpas. De hecho, se da por segura su derrota dentro de pocas semanas, en la Conferencia Episcopal que debe proceder a la elección de nuevo presidente. Blázquez no parece en línea con los aires que ahora se llevan en la Iglesia de Ratzinger, y están mucho más puestos, por ejemplo, los tres cardenales del 'mitin' de la Plaza de Colón, tanto el amigo del Papa, cardenal Cañizares, como los otros dos altísimos representantes de la Iglesia, los cardenales monseñores Rouco y García Gasco.
De modo que pedir que la Iglesia católica española de nuestros días dé marcha atrás en su acusación de que el gobierno no respeta los derechos humanos es como pedir peras a un guindo. Sobre todo, porque hay una cuestión, la ley del aborto, que lleva ya en vigor unos cuantos años, que parece que proporciona a diario materia de escándalo continuado. De hecho, desde el primer momento "de su concepción", esta ley y su supuesto sobre daños irreparables para la madre y el feto se convertía en un coladero impresionante para determinar legales muchísimos abortos de los que en nuestros días se practican a diario. En ese punto, en efecto, la Iglesia Católica puede quejarse amargamente de que los poderes públicos no respeten los derechos humanos mínimos y esenciales de la persona humana más desfavorecida: los no nacidos.
De manera que a unos y a otros les cuesta sobremanera rectificar y ceder en sus posiciones de partida. Todos están en posesión de la verdad, y sobre todo, la santa madre iglesia, con dos mil años de experiencia en tareas humanas y divinas. Por mucho que el portavoz José Blanco o el ministro Fernández Bermejo, e incluso que el líder de IU, Gaspar Llamazares, muestren su enfado y califiquen de ultracatólicos a los oradores de la Plaza de Colón, "no los moverán" de sus posiciones. Ni siquiera teniendo en el campo contrario al PP, que prefiere, mayormente, esperar y ver, seguro de que sólo tendrá beneficios de opinión pública, o cuando menos, reforzará la posición antisocialista de sus afines. Los cardenales y la línea oficial de la Iglesia católica protestan de la ley del aborto, de la ley de matrimonios homosexuales, y de la ley de Educación para la Ciudadanía, sobre todo. Es muy improbable que si el PP llegara al poder rectificara algunas de esas normas ya vigentes: No lo hizo Aznar con la ley del aborto, y parece sumamente improbable que lo pudiera hacer, a su vez, Rajoy, con la ley de los matrimonios de homosexuales. Incluso, una vez que se eche a andar, será bastante improbable que haya marcha atrás en la ley que pretende hacer de nuestros jóvenes a ciudadanos responsables.
Zapatero ha pretendido introducir racionalidad en el debate, al recordar que los legisladores en un estado democrático hacen leyes para uso y disfrute de la mayoría, gusten o no. Eso no cuenta para la parte de la sociedad en posesión de su verdad, única, exclusiva e indiscutible.
José Cavero