MADRID 6 Jun. (OTR/PRESS) -
Me eduqué en una dictadura que denominaba a los porteros empleados de fincas urbanas y logró que los proletarios y trabajadores se llamaran productores. Productores como Dino de Laurentis, que era productor cinematográfico, y producía tan bien, que se casó con Sofía Loren, mientras los productores franquistas sólo producían tornillos o planchas de madera. y se casaban con quien podían. El eufemismo, como el traje Chanel de las señoras, sirve para cualquier época.
El PP llama a su descarnada lucha por el poder democracia interna, y la terrible crisis económica que nos devora es definida por el presidente del gobierno como desaceleración profunda. Las subidas terribles de los precios son meros ajustes económicos, y las compañías de seguros, mucho antes de que llegara la democracia a España, ya mencionaban los fallecimientos como decesos.
El ser humano aprendió a leer hace sólo seis mil años, después de una larga noche analfabeta que duró centenares de siglos, y es tan soberbio que todavía cree que cambiar el nombre de las cosas cambia a las cosas. Desde los cultos economistas que a fuer de imbéciles califican las pérdidas como crecimiento negativo, hasta los doctos y estúpidos gurús de la sociología, que denomina a la marea de cabreo que se avecina, y que estallará en manifestaciones, como malestar social.
Un malestar social suena a jaqueca, la leve jaqueca que tiene una barrio una tarde de viernes, pero estas jaquecas suelen traer consecuencias dramáticas y, a veces, trágicas.Predicar que el eufemismo sólo sirve para disimular en el primer tiempo, y para que, en la segunda parte, el eufemismo encocore y subleve mucho más que si se hubiera dicho la verdad resulta inútil. Es un principio que repele a los políticos, sean de derechas o de izquierdas, gobiernen o estén en la oposición. Y es desolador, pero se prefiere la búsqueda del eufemismo, a la búsqueda de soluciones.
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