Francisco Miro de Iscar.- El escándalo de los alimentos

Actualizado 23/05/2008 2:00:48 CET
Actualizado 23/05/2008 2:00:48 CET

Francisco Miro de Iscar.- El escándalo de los alimentos

MADRID, 23 May. (OTR/PRESS) -

Los agricultores se quejan, y con razón, de que cada vez les pagan menos por lo que producen, es más difícil encontrar mano de obra y, sin embargo, los precios en el mercado suben de una forma salvaje. Dicen que el coste de la vida, el IPC, ha subido un 4,2 por ciento en el último año, pero hay alimentos como la leche, el pan o los cereales, que han subido seis veces más, sin que ello suponga un precio en origen cercano a esa subida. El escándalo de los biocombustibles es de época. Se está dejando sin su principal fuente de subsistencia a millones de ciudadanos y el coste de producción de esos combustibles es exageradamente alto. ¿Qué intereses sirve esta moda?

Luego está el escándalo del hambre en el mundo. La tierra produce suficientes alimentos para alimentar a todos sus habitantes pero cerca de mil millones de personas pasan hambre, un tercio de la población mundial no puede desarrollar su potencial físico e intelectual por carencia de vitaminas y minerales básico, veinte millones de niños nacen con insuficiencia de peso y cinco millones de ellos mueren cada año por falta de alimentación. Y todo eso, en pleno siglo XXI, sesenta años después de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamara "el derecho a la alimentación", apenas a siete años del 2015, fecha que la Cumbre Mundial sobre Alimentación fijó como "objetivo del milenio" reducir a la mitad el hambre en el mundo. No se cumplirá, pero no porque falten alimentos, sino porque falta la voluntad humana y política de hacer frente al problema. Lo acabamos de ver en Myannair, donde los gobernantes han frenado la llegada de alimentos y medicinas para atender a las víctimas de la catástrofe, cuando no se han quedado con ellos.

El hambre destruye la vida, compromete el presente y el porvenir de los hombres, ataca a los más vulnerables, provoca odios, engendra más hambre y separa cada vez más a los ricos de los pobres, a los saciados de los más vulnerables y necesitados. Los recursos necesarios para solucionar el problema son infinitamente menores que los beneficios que podría producir y de la riqueza que podrían crear millones de personas productivas.

No se puede dejar la solución en manos del mercado, de un mercado que no hace nada por acabar con esa lacra. Decía Juan Pablo II hace 30 años que "la amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados, en diversas presiones políticas, rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes desafíos y a las exigencias éticas. Sometiendo al hombre a las tensiones creadas por él mismo, dilapidando a ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos, comprometiendo el ambiente geofísico, estas estructuras hacen extenderse continuamente las zonas de miseria y, con ellas, la angustia, frustración y amargura". "La tarea, terminaba el Papa, requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos libres y solidarios".

Francisco Muro de Iscar.

francisco.muro@planalfa.es