Publicado 22/09/2026 08:00

Rafael Torres.- Un arma herrumbrosa

MADRID 22 Sep. (OTR/PRESS) -

La memoria es un arma, pero no un arma para matar, sino para que no te maten. La memoria, el recuerdo vivo de los horrores y los crímenes del fascismo en cualquiera de sus modalidades, es el arma principal que les queda a las sociedades civilizadas para defenderse del monstruo redivivo y alimentado de nuevo por la negligente complacencia de las derechas tradicionales. La memoria como arma, se entiende, si se traslada eficazmente a las nuevas generaciones.

Dejando momentáneamente a un lado los resultados electorales que va cosechando en Europa la ultraderecha, que merecen darles de comer (examinar) aparte, más inquieta, si cabe, tanto la inacción de los partidos democráticos todavía gobernantes, como las acciones diarias de los jóvenes descerebrados que acuden, porra e ignorancia en ristre, a su banderín de enganche. Estos, constituidos en horda, apalizan "rojos", gays y transexuales, vandalizan las sedes de partidos demócratas, ensucian las calles con himnos fratricidas, profanan con su violencia los escaños parlamentarios y agreden a periodistas y a voluntarios de organizaciones de ayuda y socorro.

Todo ésto, y más, está ocurriendo aquí mismo, en Oviedo, en Málaga, en Murcia, en Madrid, en Ceuta, sin que desde el Gobierno, particularmente desde el ministerio del infausto Grande Marlaska, se le oponga la respuesta adecuada, que no puede serlo sino con tan exquisita como firme sumisión a la Ley de Memoria Democrática. Pero si, de una parte, la sociedad ha perdido o desprecia la memoria (una ley sin cumplimiento es nada), de otra las nuevas generaciones carecen enteramente de ella. Los más brutales e híspidos salen bramando a las calles con banderas y símbolos de exterminio, de odio y de muerte, sin que nadie les siente la mano.

La democracia, que en buena medida es memoria, no puede permitirse ni permitir ese desafío sin reglas de los indeseables que proclaman abiertamente, con sus palabras y sus actos, su intención de destruirla o, lo que es lo mismo, de envilecerla. La memoria, el arma principal de la civilidad contra la barbarie rampante, parece estar, sin embargo, descargada y herrumbrosa.

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