Rafael Torres.- Se fueron

Publicado 01/01/2019 8:01:45CET

MADRID, 31 Dic. (OTR/PRESS)

Lo más desolador no es, aun siéndolo mucho, que se nos haya ido otro año, sino que se hayan ido con él cuantos habrían merecido quedarse mucho más tiempo. La vida, para quien rinde el viaje hasta la consunción natural, es larga, pero dura poco, y de aquí en adelante, sin María Dolores Pradera, sin Enrique Castro "Quini", sin Forges, sin Álvaro de Luna, sin Antonio Mercero, sin Montserrat Caballé, sin tantos otros caídos en 2018 sin nombre famoso pero con una vida marcada igualmente por el talento y la generosidad, se nos hará, si no más larga, mucho menos llevadera.

De los antes citados, he conocido y tratado personalmente a todos, a unos más y a otros menos, pero doy fe de que lo del talento y la generosidad no es un recurso de obituario. No digo que no quede quien cante celebrando el idioma como María Dolores, pero ¿quién con su elegancia sobrenatural? O quien exude bondad como Antonio Fraguas, como "Quini" o como Mercero, pero ¿quién de esa manera tan transparente, tan despojada de afectación? O quien, para satisfacer el ansia de aprender continuamente, sepa escuchar como "El Algarrobo", pero ¿quién con esa sinceridad? O quien acabe conquistando todos los grandes teatros de ópera del mundo como Montserrat, pero ¿quién como ella?

Para los años venideros, cada vez más zafios y digitales, cada vez más chusmeros e inhabitables, no podremos contar con ellos, con lo que de singular y necesario aportaban a nuestras vidas. Es verdad que todos ellos andaban mayores, en la edad de descansar que sucede al fragor creativo, revolucionario, de la juventud en la lucha por la vida, pero también lo es que estaban ahí, aquí, en plan más o menos abuelillo pero con la dignidad intacta y, en la mirada, las brasas vivas, calientes, del fuego que fueron. Fue un honor y un privilegio ser contemporáneo de todos ellos.

Y lo mismo cabe decir si nos percatamos de las bajas habidas en 2018 por esos mundos: Esa Dolores O*Riordan que supo expresar con el tono exacto los desgarramientos interiores de cada uno de nosotros, o ese Stefan Karl, el maravilloso actor islandés que no sólo alumbró el personaje del villano más divertido y adorable, el Robbie Rotten de la serie infantil "Lazy Town", sino que, como Dolores, murió joven pero dando lecciones magistrales de bien morir.

Todos eran buenos, buenos, como escribió Machado, en el mejor sentido de la palabra bueno. Y ya no están. Se fueron.