MADRID 28 May. (OTR/PRESS) -
En tiempos de náusea y hastío por la situación política, donde los hombres siguen detentando y beneficiándose del poder, conviene rendir homenaje a aquellos seres humanos que hacen de su vida motor de transformación social. En este caso es una mujer que, dedicándose a una ocupación deportiva claramente masculina, ha demostrado rectitud, solidaridad y coraje para cambiar usos y costumbres.
Me refiero, claro está, a Alexia Putellas, capitana del equipo femenino del Barcelona. Cuando ella empezó a jugar, con doce años en diferentes juveniles, a los partidos de las chicas sólo acudían sus progenitores y algún amigo. Quién iba a imaginar que iba a ser una de las figuras que impulsaría la profesionalización en 2015. Pero, al margen de sus triunfos deportivos, que han llevado a su club a ganar la Champions este año, ella ha sido el ejemplo y el acicate para todas sus compañeras más jóvenes a quienes ayudó y escuchó.
Se despide del vestuario azulgrana y posiblemente el equipo no volverá a ser el mismo porque el ambiente que ha creado se va con ella.
Además de jugar al fútbol, Putellas estudió la carrera de Administración de Empresas con esa fuerza de voluntad que la caracteriza. Pero fue en la Selección, la que ganó el mundial, del que sólo se recuerda el repugnante beso del entonces presidente de la Federación, Luis Rubiales, donde quedó testimonio de su empatía y su coraje. Y lo peor fue que el escándalo opaco el triunfo de las jugadoras que vieron como se volatilizaba su alegria y su éxito. Alexia se ocupó personalmente de cuidar a Jennifer Hermoso, la agredida. Escucharla y comprobar cómo los subordinados de Rubiales, y el mismo, presionaron para que dijera que había sido un beso consentido.
Su testimonio, en el juicio por agresión sexual contra Rubiales, donde declaró como testigo y contó de forma pormenorizada el relato del sufrimiento de su compañera, sirvió para dar credibilidad a la denuncia. Fue tan honesta que narró como al principio creyó que había sido un hecho casual. Rubiales recibió la somera condena de una multa de diez mil ochocientos euros que no supuso nada para su abultado patrimonio. Pero la vergüenza pública evitará que algún directivo vuelva a intentarlo. Porque ella misma relató tiempo después que "lo que pasó no es algo aislado en el fútbol femenino, es algo que pasa en demasiados ambientes" y se declaró orgullosa por el debate generado. Porque su aspiración era contribuir a una sociedad mejor, "donde todo el mundo se sienta respetado sea como sea".
¿No debería ser esa la aspiración de toda la clase política?