Actualizado 13/10/2016 17:03

El Nobel que no será

Por Álvaro Berbís, MADRID, 13 (OTR/PRESS)

La semana de los Premios Nobel de 2016 deja a España un conocido sabor de boca. A falta de anunciarse el de Literatura, y sin ningún español en las quinielas para dicha categoría, nuestro país vuelve a asistir sin pena ni gloria a los galardones de la Academia Sueca.

Ello a pesar de que Francis Mojica sonaba, según todos los medios nacionales, como candidato al Nobel de Química o de Medicina por su descubrimiento del sistema CRISPR. Durante la última semana, la incidencia mediática en torno al investigador alicantino se hacía particularmente intensa, reflejando las altas opciones que la comunidad científica concedía a CRISPR para recibir una medalla este año. Pese a estos presagios, el Nobel de Medicina finalmente recaía sobre Yoshinori Ohsumi, por sus estudios sobre los mecanismos de la autofagia, y el de Química sobre Jean-Pierre Sauvage, Fraser Stoddart y Bernard Feringa por el diseño y síntesis de máquinas moleculares. El Nobel de CRISPR tendrá que esperar.

CRISPR es un mecanismo natural de defensa empleado por bacterias para combatir invasiones víricas. Se trata de una forma de inmunidad adaptativa, basada en la eliminación específica de secuencias genéticas a las que las bacterias se han visto previamente expuestas. El gran entusiasmo que ha suscitado CRISPR se debe al desarrollo de un método biotecnológico, denominado CRISPR/Cas9, que partiendo de este sistema permite no sólo cortar, sino también insertar secuencias génicas a voluntad en el ADN de células de cualquier especie, incluida la humana. De esta forma, CRISPR/Cas9 está llamada a convertirse en una tecnología fácil, rápida y barata para modificar cualquier genoma. Algo que, en el contexto de la medicina personalizada, la gran revolución que se está gestando en el ámbito médico, va a permitir corregir un amplísimo número de enfermedades genéticas.

El apoyo de la prensa española a Mojica viene siendo unánime desde los últimos meses y, con la misma periodicidad con que CRISPR sea noticia, es de esperar que su nombre regrese pendularmente a las páginas de ciencia de los diarios. Si bien el lobby ejercido en favor del alicantino debe ser interpretado como un hecho positivo, los medios han de evitar omitir partes cruciales en el desarrollo de esta tecnología, pues con ello se corre el riesgo de sobresimplificar el proceso científico y que ello impacte en la percepción de la sociedad.
En el momento actual, los grandes avances tecnológicos ya no son obra de una única persona en un "momento Eureka", sino fruto de desarrollos incrementales producidos de modo multidisciplinar y por parte de diferentes equipos, habitualmente a nivel internacional. En el caso de CRISPR, una constelación de investigadores de todo el mundo ha contribuido en la descripción fina del sistema y en su desarrollo posterior hacia la prometedora tecnología de edición génica que hoy se considera.

En 1987, Yoshizumi Ishino, de la Universidad de Osaka, descubrió una serie de repeticiones en el genoma de una bacteria, que años después Mojica caracterizaría como un sistema inmune procariota utilizando bacterias aisladas de las salinas de Santa Pola. El propio Mojica acuñaría el término CRISPR que hoy empleamos, en una serie de correspondencias con Ruud Jansen, de la Universidad de Utrecht, primero en utilizar dicha denominación en una publicación científica en 2002. El nuevo sistema inmune bacteriano sería estudiado a fondo tanto por investigadores industriales, entre ellos Philippe Horvath y Rodolphe Barrangou de Danisco (adquirida más tarde por DuPont), como por una larga serie de académicos, incluyendo a John Van der Oost de la Universidad de Wageningen, Luciano Marraffini de la Rockefeller University, Sylvain Moineau de la Université Laval, y muchos otros. Finalmente, en 2012, Jennifer Doudna, de UC Berkeley, y Emmanuel Charpentier, de la Universidad de Ume*, demostrarían la utilidad del sistema CRISPR/Cas9 como herramienta de edición génica en bacterias; y un año después, Feng Zhang, del Broad Institute de MIT y Harvard, adaptaría dicho sistema para editar el genoma de células murinas y humanas in vitro.

No sin cierto debate, los tres últimos nombres propios han recibido la mayor parte del crédito popular en el desarrollo de esta tecnología. No en vano, estos investigadores en conjunto elevaron CRISPR de una curiosidad biológica a una poderosa herramienta de ingeniería genética, con capacidad real de cambiar el paradigma de la Medicina. Consecuentemente, el trío recibía este año el Premio Tang de la Academia Sinica, apodado como el "Premio Nobel de Asia" y, junto a Horvath y Barrangou, se alzaban con el de la canadiense Fundación Gairdner, considerado antesala de los Nobel de Medicina. Previamente, Doudna y Charpentier habían recibido en 2015 los 3 millones de dólares del Breakthrough Prize en Ciencias de la Vida, patrocinados por billonarios tecnológicos como Yuri Milner, Mark Zuckerberg y Sergey Brin. Incluso, ese mismo año, nuestros Princesa de Asturias privaban a Mojica de un galardón, que recaía de nuevo en el dúo Doudna-Charpentier.

Como manifestación económica de dicho debate, la larga disputa legal sostenida entre el Broad Institute y la Universidad de California por los derechos sobre la propiedad intelectual de CRISPR, podría haber disuadido a la Academia Sueca de fallar uno de sus premios a dicha tecnología este año, habida cuenta de su tradicional aversión a la controversia.

La incertidumbre sobre el desenlace de esta guerra de patentes y la ausencia de datos clínicos no han evitado que una serie de empresas biotecnológicas nacidas a la luz de CRISPR hayan levantado cientos de millones de dólares en capital riesgo y salido a bolsa. Editas Medicine, fundada por Zhang, e Intellia Therapeutics, por Doudna, cotizan desde este año en el NASDAQ, mientras que CRISPR Therapeutics, fundada por Charpentier en Suiza, realizó el mes pasado una OPV para saltar al índice tecnológico americano. Mientras tanto, Editas e Intellia anunciaban planes para comenzar ensayos clínicos antes de 2018.

Durante la próxima década, y una vez disipadas las dudas sobre la propiedad de CRISPR/Cas9 y cómo se repartirá el gran mercado de la edición génica, CRISPR recibirá su Premio Nobel, pero se tratará una vez más de un Nobel extranjero. La normativa de la Academia, que impide que un premio se reparta entre más de tres personas, fallará probablemente a favor de Doudna, Charpentier y Zhang, dejando fuera a otros científicos con aportaciones significativas a la técnica como George Church, por sus trabajos con células troncales humanas, y el propio Mojica, cuyos estudios siempre se han enmarcado en los dominios de la investigación básica. El descubrimiento de CRISPR como sistema inmune bacteriano, si bien importante en su contexto, carece de excepcional relevancia si no es a la luz de su aplicabilidad en la salud humana y la biotecnología.

Si España quiere ganar un Nobel de Ciencias, el país debe abrazar decididamente la I+D+i como piedra angular de una economía basada en el conocimiento y la cooperación público-privada, apostando tanto por la ciencia básica como por la traslación de tecnología del laboratorio al mercado y la sociedad.

El verdadero premio consistirá en un modelo productivo que maximice el retorno de la inversión en I+D, la creación de tejido empresarial, empleo y riqueza, y el nacimiento de nuevas tecnologías de alto valor para la sociedad. Tras ello, el Nobel vendrá por añadidura.

(Álvaro Berbís es Socio Director de Adastra Ventures y Vicepresidente del Foro Empresarial del MIT en España).

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