16 de febrero de 2020
 

El ocaso de las salas recreativas en España: un segundo hogar para varias generaciones

Actualizado 23/08/2016 11:11:43 CET

   MADRID, 23 Ago. (EDIZIONES/Portaltic) -

   En una era en la que todos estamos acostumbrados a jugar con la consola o con el PC desde la comodidad de nuestra casa y de forma online, pocos se paran a pensar en que esto no ha sido siempre así. Hubo un tiempo no muy lejano en el que para disfrutar de los videojuegos tenías que salir de casa y encerrarte en lo que muchas veces se convertía en tu segundo hogar: la sala recreativa.

   Si has nacido entre mediados de los 70 y principios de los 80, lo más seguro es que hayas puesto los pies en una sala recreativa al menos una vez. Un local de tamaño medio o grande lleno de máquinas en las que probar títulos de diversa índole, ya fueran de lucha, de aventuras o incluso algún que otro juego de carreras sentado con un volante.

   Las salas recreativas ofrecían posibilidades que, hasta el 'boom' de las consolas llegó a los hogares, nadie se planteaba. Muy populares en España durante unos diez años, desde finales de los 80 hasta finales de los 90 aproximadamente, estos sitios eran capaces de albergar a gente con todo tipo de gustos, pero con la misma finalidad: pasar un rato divertido con los amigos mientras echaban unas cuantas partidas.

   Los adolescentes de la época gastaban auténticos dinerales en este 'hobby'. Partidas a 5 duros - o 25 pesetas, como lo quieras llamar - que se acumulaban una tras otra y tras otra equivalían a horas de diversión, sí, pero también a invertir la paga semanal sin parar a pensárselo dos veces.

   Los recreativos, llamados comúnmente, supusieron mucho para alguna que otra generación que empezaba a encontrarse de bruces con el mundo 'gamer', algo que hasta ese momento en España apenas se contemplaba (por no decir en absoluto) ya que tampoco había muchas posibilidades para ello. Las videoconsolas y los juegos eran un bien escaso, muy poco conocido y hasta considerado como algo raro. Estas salas recreativas supusieron un antes y un después para el desarrollo social, comercial e industrial de los videojuegos en el país peninsular.

   LOCALES DE TODO TIPO LLENOS DE MÁQUINAS POR DOQUIER

   Los centros de las grandes ciudades tenían auténticos complejos, sino que se lo digan a la antigua Sala Picadilly, en plena Gran Vía madrileña, que tenía una pista de coches de choque en su interior. Había que pensar a lo grande y este lugar no dudó en ningún momento en convertirse en un punto de reunión para probar videojuegos, sí, pero también para tener todo tipo de ocio sin necesidad de salir del amplio espacio – y para que las parejas o amigos desinteresados de los jugadores, predominantemente masculinos, no se aburrieran durante las horas que acababan durando las partidas –.

   Este tipo de establecimientos se reconocían fácilmente, a parte de por lo grande que eran, porque en ellos siempre estaban las máquinas más modernas con los juegos más nuevos. Tenían tantos aparatos que podían combinar lo más clásicos, los que aún seguía jugando la gente por lo que significaban para ellos, con los últimos estrenos, teniendo a todo el mundo contento y asegurándose público de todo tipo, desde los más tradicionales hasta aquellos que solo buscaban probar qué juego nuevo había salido.

   Quien haya estado alguna vez en la Sala Picadilly o en otras del estilo, como alguna más que había en Madrid o Barcelona, por ejemplo, sabrá lo placentero que es jugar a títulos como Time Crisis 2, Dance Dance Revolution, Forgotten Worlds, Mega Twins, Street Fighter II y otras decenas de ellos mucho antes que en otras salas más pequeñas.

   Los locales más reducidos eran otra historia. Aunque compartían el encanto de disfrutar de los videojuegos durante horas, las instalaciones eran muy diferentes. Atrás se dejaban los sitios enormes con múltiples máquinas, muchos pósters y hasta algún espacio para pasar el rato con los amigos sin necesidad de estar jugando.

   En las salas recreativas de pequeños barrios lo habitual era encontrar un sitio mediano, no muy cuidado, con tan poca luz que como tuvieras problemas de visión las podías pasar canutas, e incluso con humo. Las máquinas estaban apelotonadas, al fin y al cabo había que meter muchas para hacer que los niños y adolescentes entraran; futbolines e incluso algún billar podían acompañar a las recreativas, dependiendo del sitio.

   Las salas Arcade eran algo diferente, un espacio que logró engatusar a miles de críos (y no tan críos) que buscaban una forma de ocio alternativa por aquella época.

   MUCHOS TIPOS DE JUGADORES, PERO TODOS DISFRUTANDO

   Según se entraba a una de estas salas saltaban a la vista tres tipos de personas: los que venían arrastrados por su pareja o amigos, los que miran las partidas de los demás por encima del hombro y los que cogían el toro por los cuernos y se ponían a jugar a las máquinas (hasta que les daba el dinero, claro).

Los que venían arrastrados solían tener cara de aburrimiento, pero no les quedaba más remedio que aguantar. Al final, muchos de ellos se sentían atraídos por alguno de los juegos, aunque fuera por el futbolín, y también se sumaban a pasar las horas muertas en la sala.

Los mirones Esa clase de personas que no sabes si odiar o querer. Por un lado estaban los que tenían que mirar porque ya se habían gastado todo el dinero que traían – y no se van a ir cuando pueden disfrutar de las partidas de otros – y que incluso llegaban a animar cuando se superaba algún récord o se hacía algo extraordinario; por otro, estaban los mirones que te estresaban, los que no se conformaban solo con disfrutar de la partida, sino que cada vez que fallabas te decían que ellos sabían pasártelo y que lo hacían por ti – y cuidado con no dejarles, que algunos se volvían aún más pesados y eran capaz de seguirte máquina tras máquina hasta dar con su oportunidad –.

   Y luego estaban los jugadores, los que sentían la alegría en las venas de pasarse una pantalla a la que no habían llegado nunca, lloraban y se enfadaban si alguien les ganaba o se echaban unas risas con sus amigos siempre que jugaran con ellos. Algunos destacaban más y se convertían en leyendas de la sala por ser muy buenos en algún juego; otros pasaban sin pena ni gloria por verse derrotados una y otra vez.

   Sea como fuere, todos disfrutaban. No se trataba solo de jugar a los títulos, que era la parte más obvia, sino de pasar también un rato en compañía de gente, de amigos con los que compartir sonrisas, tiempo y el gusto por una tendencia que acababa de hacer su 'boom' en España.

LA LLEGADA DE LAS CONSOLAS A LOS HOGARES, EL PUNTO DE INFLEXIÓN

   La Super Nintendo llegó a España a mediados de 1992. Su difusión fue tan alta y su incursión en los hogares tan numerosa que poco a poco el quedar para ir a jugar a los recreativos fue sustituido por quedar para ir a casa de un amigo a jugar con la consola.

   Esto, la llegada de forma masiva o popular de las videoconsolas a los salones de muchos hogares, fue lo que propició el punto de inflexión de las salas recreativas: a partir de este momento empezaron a caer a verse reducidas a un segundo plano y muchas de las salas de barrio empezaron a cerrar sus puertas por falta de clientela.

   Tampoco hay que olvidar que las máquinas dejaron de valer 25 pesetas para pasar a 50 e incluso a 100 pesetas. Una partida de cinco minutos (más o menos dependiendo del juego) valía 5 duros y estaba bien, los jóvenes podían pasarse una tarde de verano o fin de semana hasta agotar su paga; que una partida del mismo tiempo costara el doble o más no benefició en absoluto a estas máquinas y salas.

   Fueron varias las cosas que propiciaron el declive de los recreativos, pero eso no significa que hayan desaparecido totalmente, aún en pleno año 2016. Aunque pocas, todavía quedan salas en centros comerciales o en algún punto céntrico de las grandes ciudades (como puede ser en la Puerta del Sol, en Madrid). La mayoría de estos espacios se centran en juegos de lucha, deportes, pistolas o simuladores de varios tipos (conducción de motos, snow, coches o incluso algo de baile). Atrás han quedado las viejas máquinas de marcianitos, puzles o habilidad que tanto enamoraron a los niños y adolescentes de aquella época.