Curar las heridas en Filipinas

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Edificio dañado en Marawi
REUTERS / ROMEO RANOCO
Actualizado 21/09/2017 8:58:49 CET

MADRID, 21 Sep. (Por Ángel Calvo, director de ZABIDA, socio local de Manos Unidas en Filipinas) -

El último conflicto militar que hemos sufrido en la región de Mindanao y que sigue conmocionando al país es el enfrentamiento en la ciudad de Marawi, una ciudad denominada históricamente como la 'ciudad islámica'.

El asedio militar dura ya más de tres meses con un resultado trágico de más de 800 muertos entre fuerzas del Gobierno, civiles y rebeldes. Contamos en estos momentos con más de 410.000 personas desplazadas, acogidas en su mayor parte por redes familiares o en centros de evacuación establecidos por el gobierno en ciudades vecinas.

Como no podía ser de otra forma, estos trágicos hechos nos hacen recordar el asedio militar que sufrimos en la ciudad de Zamboanga en septiembre de 2013 por fuerzas del Frente Moro de Liberación Nacional, con el doloroso resultado de más 400 víctimas y 120.000 desplazados, o el reciente atentado del 21 de agosto en Basilán cometido por el grupo Abu Sayyaf, representante del ISIS en la región de Mindanao.

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En el caso de Marawi la resistencia ha sido una combinación de fuerzas de Abu Sayyaf, junto con los rebeldes hermanos Maute y con políticos envueltos en el tráfico de armas y drogas y diversos grupos radicales locales y extranjeros.

ORIGEN

El conflicto en la región de Mindanao se extiende desde los comienzos de los años 70 con la declaración de la Ley Marcial del presidente Ferdinand Marcos y la irrupción del grupo rebelde Frente Moro de Liberación Nacionaly su posterior escisión el Frente Moro de Liberación Islámica, que lograron articular la rebelión en contra del Gobierno de los 13 grupos que componen la comunidad islámica en Mindanao, reclamando la autonomía y la creación de la región conocida como Bangsamoro. Se reclamaba así el derecho de autodeterminación, el reconocimiento de su identidad y el poder para gestionar su vida social, económica y política dentro del país.

Durante estos 45 años se ha buscado sin éxito una fórmula política aceptable por el Gobierno filipino y que satisfaga las reivindicaciones de la comunidad musulmana. Dicho proceso, vivido en un contexto de violencia y desigualdad, se ha visto muy condicionada por la influencia del 'revivalismo islámico' y la aparición de posiciones islámicas más radicales, como el grupo Abu Sayyaf o grupos frustrados con los resultados obtenidos e influenciados y apoyados por tendencias más radicales de otros movimientos internacionales.

En este sentido, cobra un significado aún más importante la fuerza del diálogo
interreligioso que va ganando terreno para curar las heridas causadas por la violencia, las desigualdades y las injusticias históricas sufridas en las comunidades cristianas y musulmanas. En Mindanao se han creado espacios de diálogo como nuestra organización Peace Advocates Zamboanga y Solidaridad Interreligiosa por la Paz, que trabajan para forjar una mayor solidaridad religiosa y civil entre musulmanes, cristianos e indígenas.

AGENDA COMÚN

Hoy, que celebramos el Día Internacional de la Paz, y desde el diálogo y el respeto mutuo, tenemos la obligación de definir un consenso que amplía nuestra visión religiosa compartida: nuestra fe en el Dios vivo y nuestro compromiso para construir su paz en la tierra. Trabajamos para definir una agenda común que se traduzca en el respeto de los derechos humanos, la opción por los más vulnerables y una búsqueda de soluciones en los procesos de paz.

Ángel Calvo

Este grupo coordina actualmente actividades para defender los derechos humanos, llevar la educación para la paz a los diversos niveles de educación formal y promover la paz en una audiencia multicultural que incluye a niños, jóvenes y maestros en la escuela y, fuera de ella, a líderes comunitarios y a soldados, policía y otros grupos armados.

Una cultura de la paz implica un profundo estímulo de reconciliación que reconozca las heridas y la violencia que han marcado nuestra historia. Solo desde una actitud de perdón pueden construirse las bases sólidas de la esperanza de paz.
Por otra parte, nos corresponde unir nuestras fuerzas con todos los agentes sociales comprometidos en trabajar por la paz en la región y construir los estamentos sociopolíticos que posibiliten la convivencia respetando la diversidad.

Se trata de forjar una fórmula política que logre superar las injusticias históricas y construir esa convivencia y cohesión social, así como prevenir el extremismo islamista que sigue atrayendo a muchos de nuestros jóvenes. Este es el auténtico diálogo interreligioso que debe alentar acciones de justicia, dignidad y progreso entre todos los miembros de la comunidad.

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