Lo que no quieres ver del accidente de Germanwings

 

Lo que no quieres ver del accidente de Germanwings

Accidente de Germanwings
Foto: REUTERS/ EUROPA PRESS
Actualizado 07/04/2015 12:40:42 CET

MADRID, 7 Abr. (Carlos Chiclana, Médico Psiquiatra) -

Tras el desastre aéreo de hace dos semanas, los medios de comunicación se afanan en encontrar un psiquiatra que explique qué pasó por la cabeza de Andreas Lubitz. Nunca lo sabremos.

Pero sí podemos observar, reflexionar y analizar lo que pasa dentro de de nosotros. Incluso podríamos sacar algo positivo para nuestra vida personal.

Como en una tragedia griega observamos las noticias asombrados y aterrorizados. En el primer acto aparecen el susto, la sorpresa, la incertidumbre, la tristeza por los fallecidos, la solidaridad con las familias.

Sigue avanzando la historia y llegan datos de la investigación. El copiloto ha estrellado el avión. ¿Suicidio? ¿Depresión? Entran en escena la ira, el desconcierto, el asombro, la incredulidad, el miedo, la preocupación, la indignación y el dolor compartido con los familiares.

Al igual que en las culturas clásicas y en las tribus ancestrales, acudimos a preguntar al médico como si fuera la conexión con lo sagrado, el chamán que explicará con su magia qué es lo que ha ocurrido en esa persona.

El psiquiatra no puede más que hablar de un gran misterio: el misterio sagrado de la libertad, de la capacidad de decisión personal.

Parece que Andreas Lubitz, antes de tomar la decisión fatídica, tomó otras decisiones más "pequeñas". Si lo que nos llega por los medios de comunicación es cierto, no hizo caso a los médicos y siguió trabajando, rompió el parte de baja, se subió a ese avión, no comunicó su estado de salud a sus superiores.

Caigo en la cuenta de que nuestras acciones no son indiferentes, que lo que hacemos tiene importancia, que cumplir los compromisos es algo valiosísimo, que contar con la ayuda de los demás es necesario.

Los protagonistas siguen sobre el dolorosísimo escenario, pero ahora la tragedia está congelada. Sale a escena un personaje que nos recuerda tanto a nosotros mismos que nos asusta. Los focos le alumbran nítidamente. Dónde verdaderamente discurre ahora la acción es dentro de cada uno de nosotros, lo ocurrido nos interpela.

En nuestro interior unas voces dramáticas nos zarandean: ¡Te vas a morir y no sabes cuándo! ¡Hay personas que con su libertad hacen el mal! ¡La seguridad es un espejismo! ¡La normativa no es la verdad, está fabricada! ¡El compromiso es una decisión personal, no una teoría!

Esto no es agradable y podemos tener la tentación de gritar al técnico de los focos: ¡cambia, cambia! ¡Enfoca a otro sitio! Que no nos remuevan en lo hondo de nuestro ser.

No tengas miedo. Te propongo que te atrevas a mantener la mirada, te permitas sentir y dejes que aflore lo que haya. A lo mejor te sorprendes y eres mejor de lo que crees. A lo mejor en tu día a día hay mucho de lo que estar orgulloso y a la vez muchas oportunidades para mejorar y enriquecerte.

Permítete sentir que la libertad es real y es verdad. No dejes que te engañe la creencia de que la enfermedad anula a la persona. Para llegar tan lejos, uno toma pequeñas decisiones diarias. Una cosa es suicidarte y otra es matar a otros. Una cosa es estar enfermo y otra es hacer el mal.

Parece que es más tolerable que una locura química nos determine. Terroristas, conductores bebidos, maltratadores, abusadores de niños ¿necesariamente son enfermos? Aunque el chamán diga  que son los neurotransmisores, sabes y sientes que eres más que química, que tu verdadero yo es más que una enfermedad.    

Permítete sentir la incertidumbre. No te ahogues con la necesidad de leyes y normativas que controlen todo. Son necesarias sí, pero no tanto como para proponer el estado social de sospecha.
  
¿Cómo sé que el conductor que lleva a mis hijos al colegio no se va a despeñar adrede en la siguiente curva? ¿Por qué fiarme del dentista que mete un objeto punzante en mi boca? El carnicero tan solícito y amable ¿no habrá echado veneno en los filetes de pollo? No hay ley que controle la inseguridad personal.

Nos gusta que las personas con las que nos hemos comprometido cumplan sus compromisos. Esto nos puede animar a nosotros a ser leales a los compromisos personales, legales, deontológicos o profesionales que hayamos adquirido.

Aunque nadie lo note, qué importante es que miles de pilotos de avión todos los días sean fieles a sus compromisos profesionales y deontológicos. Si tú eres fiel a tus compromisos, te haces mejor a ti y al mundo.

Permítete sentir la fragilidad humana y la posibilidad de fallos y decisiones erróneas en tantas realidades. Los protocolos de seguridad, los registros de salud, los controles de calidad, son necesarios, sí, y la persona es mucho más que esos criterios que siempre podremos decidir cumplir o saltarnos.

Permítete sentir la posibilidad del encuentro con otra persona. No dejes que el neuroticismo llegue a cotas que exijan tener todo bajo control. No cedas al impulso de decir a otros los que tienen que hacer, sin libertad no hay encuentro.

Sumidos en la pena y el dolor, puede ser una ocasión para que el cúmulo de emociones que estamos viviendo estos días, nos ayuden a:

1.- Conectar con nosotros mismos

2.- Hacernos conscientes de nuestra capacidad de elegir y renovar nuestra libertad

3.- Percibir cuántas veces en nuestro día a día tomamos decisiones libres

4.- Enorgullecernos de nuestros compromisos cumplidos

5.- Ser leales a quien hemos dicho que lo seríamos

6.- Aceptar al otro con confianza, conociendo los riesgos

Tú, cada día eliges cosas muy buenas para ti y para otros. Tú, eres capaz de tomar decisiones que te hacen más auténtico, que te acercan a lo bueno, que mejoran tu persona y hacen el mundo mejor de lo que era antes de que actuaras.

Lo que decidas y hagas, no es indiferente, es liderar el enriquecimiento del ser humano. Enhorabuena.

Carlos Chiclana
Médico Psiquiatra
www.doctorcarloschiclana.com

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