MADRID 22 Ene. (EUROPA PRESS) -
Elegir sal parece hoy una decisión más complicada de lo que era antes. Frente a la sal de mesa de siempre, han ganado protagonismo opciones más vistosas que prometen sabor, calidad y hasta beneficios añadidos.
Sin embargo, esa promesa no siempre se cumple. Más allá del aspecto o del origen, los expertos de la OCU recuerdan que no todas las sales son tan distintas como parecen y que, para cocinar a diario, la mejor opción no suele ser la más cara ni la más llamativa.
De hecho, la sal recomendada para el uso cotidiano es una de las más comunes y menos valoradas. Una sal que está en casi todas las cocinas, pero que rara vez se percibe como una elección "especial".
TODAS LAS SALES TIENEN ALGO EN COMÚN
Aunque se presenten en colores, formas o texturas diferentes, todas las sales comparten un elemento esencial: el cloruro de sodio. Esa es la base que aporta el sabor salado y la que hay que consumir con moderación, independientemente de que la sal sea blanca, rosa, negra o en escamas.
Las diferencias entre unas y otras están en el proceso de obtención, el tamaño del grano, la presencia de trazas minerales o el aroma, pero no convierten a una sal gourmet en una opción más saludable para el uso diario.
LA SAL RECOMENDADA PARA COCINAR A DIARIO
Para la cocina cotidiana, la recomendación es clara: la sal común o sal de mesa sigue siendo una opción adecuada, práctica y económica. Se trata de una sal refinada, de grano fino, que se disuelve fácilmente y que, en muchos casos, está enriquecida con yodo, un nutriente importante para prevenir problemas relacionados con la tiroides.
Precisamente por su textura y facilidad de uso, es la más indicada para cocinar, sazonar y utilizar en el salero. El problema no es tanto esta sal en sí, sino la cantidad que se consume a lo largo del día.
CUÁNDO SÍ TIENEN SENTIDO LAS SALES "ESPECIALES"
Las sales más apreciadas -como la flor de sal, la sal en escamas o la sal ahumada- no están pensadas para cocinar a diario, sino para usos concretos. Se emplean sobre todo como sal de acabado, justo antes de servir, para aportar un matiz de sabor o una textura crujiente.
Otras variedades, como la sal kosher, son muy valoradas por chefs por su manejo y tamaño de grano, especialmente para salar carnes antes de cocinarlas. Y las sales condimentadas pueden ser útiles para añadir sabor con menor cantidad de sal.
EL VERDADERO PROBLEMA NO ESTÁ EN EL SALERO
Uno de los mensajes clave que recuerdan los expertos es que el mayor consumo de sal no procede de la que añadimos al cocinar, sino de la que está "oculta" en alimentos procesados, precocinados y productos industriales.
Por eso, aunque se utilice una sal de calidad o una variedad gourmet, es fácil superar las cantidades recomendadas sin darse cuenta. La Organización Mundial de la Salud aconseja limitar el consumo de sal a menos de cinco gramos al día por persona adulta, una cantidad que incluye toda la sal ingerida, visible o no.
CÓMO USAR LA SAL MEJOR EN CADA MOMENTO
Elegir bien el tipo de sal también implica saber cuándo añadirla. En verduras cocidas conviene incorporarla al principio para evitar que queden insípidas; en guisos y caldos, mejor al final; y en la plancha, justo antes de servir, para conservar mejor los jugos.
Además, aunque la sal no caduca, su calidad puede verse afectada por la humedad. Guardarla en un lugar fresco y seco ayuda a mantener su textura y sabor.