Albert Concepción.- Transgénicos de dos velocidades

Europa Press Sociedad
Actualizado: miércoles, 24 octubre 2007 13:30

A veces, pequeños matices o divergencias que pasan desapercibidos para la mayoría pueden ser causa de graves problemas que acaban afectando a muchas personas e incluso a sectores muy relevantes de la economía. Este es el caso de la diferencia que existe en la actualidad entre el sistema de aprobación de las nuevas variedades transgénicas en la UE y el de los países tradicionalmente exportadores de maíz y soja.

Vaya por delante que no estamos hablando de un producto de lujo o de un capricho de nuevo ricos. El maíz y la soja son un elemento indispensable para la alimentación humana y animal. La UE necesita inevitablemente importar ambos alimentos para dar de comer a sus gentes y, lo que es casi más importante, para alimentar a los animales que luego consumirán los ciudadanos europeos y se exportarán al resto del mundo.

Es un hecho que los países exportadores de grano como Estados Unidos, Argentina o Brasil y la UE tienen dos velocidades de autorización de las nuevas variedades mejoradas genéticamente. Una rápida y eficaz, como la de EEUU, en los que la autorización de una variedad transgénica puede llevar en torno a los 15 meses y suele llegar a buen fin; y una lenta e imprevisible como la de la UE, que puede llevar más de dos años y medio si todo transcurre dentro unos parámetros normales (lo que, dicho sea de paso, no ocurre siempre debido a cuestiones de carácter exclusivamente político).

Esto hace que, evidentemente, otros países superen a la UE en cuanto a competitividad y resultados. Si embargo, lo más preocupante es que esta asincronía podría generar en un futuro no muy lejano graves problemas para la importación de soja que se utiliza para la elaboración de piensos e, indirectamente, una situación muy delicada para la industria cárnica y los consumidores europeos.

La Dirección General de Agricultura y Desarrollo Rural de la Comisión Europea ha publicado recientemente un informe que analiza la situación que se produciría si estos países productores empezaran --como está previsto en 2009-- a cultivar nuevas variedades de soja y maíz transgénico más rentables y productivas que, aunque estarían aprobadas en los respectivos países, no lo estarían todavía en la UE.

La principal consecuencia es que la UE, aplicando su tolerancia cero a los productos transgénicos, se vería obligada a detener las importaciones y Europa se quedaría, simple y llanamente, sin materia prima para elaborar piensos, porque, ni tiene capacidad propia de producción, ni hay otros países a los que recurrir para comprar.

El informe llega incluso a cuantificar que en el escenario más desfavorable para Europa el sector porcino podría llegar a caer hasta el 35% en un entorno de subida de precios para los consumidores y debería recurrirse a la importación de carne de animales que, paradójicamente, habrán sido alimentados con los mismos alimentos que la legislación europea habrá pretendido evitar.

A esta situación habría que añadir, como no, la pérdida de competitividad y empleo en sectores como el porcino o el avícola porque Europa podría pasar de país exportador de carne a país importador.

Un panorama nada halagüeño y que, como decíamos al principio, es consecuencia de una divergencia entre los sistemas de aprobación de los países que exportan y los que necesitan importar y en el que el que resulta más afectado es precisamente el que paga, la UE.

Como europeos, no podemos ser ajenos a lo que pasa en los países que nos suministran la materia prima para alimentar a nuestros animales. Estos países pueden elegir libremente las variedades que cultivan sin que la UE pueda condicionarles porque hoy tienen acceso a mercados como China --el mayor importador de soja del mundo--, que nos sustituyen fácilmente como cliente preferente.

Pretender que como comprador influiremos en lo que plantarán o dejarán de plantar los argentinos, los brasileños o los estadounidenses podía ser válido hace algunos años, pero hoy no es más que un exceso de confianza con en el que corremos el riesgo real de quedarnos compuestos y sin industria cárnica.

En el caso de los transgénicos, como en otros asuntos que nos distancian, empieza a ser hora de que Europa se plantee sistemas para adaptarse a la realidad de nuestro entrono en lugar de confiar en que serán los demás los que se plieguen a nuestra limitada visión eurocentrista del mundo.

Albert Concepción Simón es responsable de la División de Public Affaires de Ulled Comunicación y experto en comunicación científica.

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) ha pasado por El Periódico de Catalunya y realizado colaboraciones en la revista 'Medicina y Ciencia' y el Programa 'Tribuna Médica' de la Cadena COPE. Desde 2000 es socio-director y responsable del Departamento de Asuntos Públicos de la consultora de comunicación y relaciones públicas Ulled.

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