QUIERO VIVIR Y MORIR DIGNAMENTE.
"Para ser libre tienes que luchar" dijo Inmaculada Echevarria, la mujer de 51 años que solicitó la desconexión del respirador que la mantenía viva desde hace 10 años y cuya petición ha sido atendida. Entiendo que un asunto así puede crear profundas controversias morales y que, para algunos, sea un eutanasia en toda regla, pero no comparto el argumento.
Soy de las que pienso que de la misma manera que tenemos derecho a vivir dignamente podemos elegir tener una muerte digna y por lo tanto Inmaculada ha muerto como ella deseaba y no habría más que añadir. Otra cuestión diferente son las convicciones morales de que cada uno y posiblemente una persona católica -practicante y de profundas convicciones religiosas- nunca elegirá este camino, lo cual también hay que respetar.
Inmaculada llevaba 10 años postrada en una cama a consecuencias de una enfermedad terrible que no tenia solución, la cual le llevó incluso a dar a su hijo en adopción, una decisión terrible que, según dijo, nunca ha podido superar. Entiendo como madre y como mujer el peso de tal decisión y no me atrevo a juzgar si eso fue un acto de valentía y de amor hacia el fruto de su vientre a quien jamás podría atender o simplemente de terror y cobardía hacia lo que se le venía encima. No lo sé, pero sí intuyo el calvario que ha vivido esta mujer que -según ella misma ha contado- llevaba desde los 11 años penando por una enfermedad degenerativa e incurable y que vio morir muy joven a sus padres, a un hermano, al padre de su hijo...
Su vida no ha sido fácil y, como ella, habrá miles de casos anónimos que, seguramente, optan por seguir viviendo y no pierden la esperanza en que algún día se obre una milagrosa recuperación o que, simplemente, han asumido resignadamente gracias a su fe, su destino. Respeto una cosa y la otra porque ambas son decisiones personales tomadas en libertad y, como bien dice Inmaculada, para ser libre tienes que luchar, sea cual sea el camino elegido.
No es cierto que este caso, como se ha dicho, tenga similitudes con el del tetrapléjico Sampedro. Entonces se trató de una eutanasia activa porque para morir tuvo que ser ayudado por una tercera persona, mientras que ahora ha sido la enferma quien ha pedido que se le interrumpiese el tratamiento que, en este caso, significaba retirarle el respirador que necesitaba para vivir.
En cuanto a la actitud de los médicos, comparto el criterio de los religiosos que gestionan el hospital San Rafael -de la orden de San Juan de Dios-, donde estuvo hospitalizada todos estos años y desde donde tuvo que ser trasladada para morir a un hospital publico por indicación de la jerarquía eclesiástica: "el medico tiene la obligación de combatir del dolor de la manera más correcta y eficaz y de mitigar el sufrimiento aunque como consecuencia de este tratamiento pueda acelerar la muerte de un enfermo". Que así sea. Ojalá que Inmaculada haya encontrado la paz allá donde se encuentre. Yo, por mi parte, reivindico mi derecho a vivir y a morir dignamente. Descanse en Paz.
Esther Esteban.