Clara Talens , doctora en Ciencia y Tecnología de los Alimentos e Ingeniera Agrónoma Ponente de la III edición de unoconcinco | Encuentros de la alimentación sostenible - UNOCONCINCO 2026
Hace unos meses, en una conferencia sobre tecnología y alimentación, escuché a un directivo de una gran distribuidora alimentaria describir con entusiasmo genuino cómo su empresa había implementado un sistema de inteligencia artificial para predecir el desperdicio en sus lineales. El algoritmo funcionaba: reducían mermas, optimizaban pedidos, ahorraban dinero. Mientras le escuchaba, pensé en algo que no encajaba del todo. La misma cadena que celebraba ese avance vendía, en sus mejores ubicaciones, productos ultraprocesados a precios que competían directamente con los frescos. La IA era brillante. El modelo, el de siempre.
Esa contradicción no me abandonó. Y me parece la pregunta más honesta que podemos hacernos hoy sobre inteligencia artificial y alimentación: ¿estamos ante una herramienta que puede ayudarnos a construir algo diferente, o simplemente ante la tecnología más sofisticada que hemos encontrado para hacer más eficiente un sistema que ya sabemos que no funciona?.
Porque las capacidades reales existen, y sería deshonesto ignorarlas. La agricultura de precisión ya permite reducir el uso de fertilizantes y agua con una exactitud que hace diez años era imposible. Los sensores y modelos predictivos detectan plagas antes de que se expandan, reducen pérdidas en campo y mejoran la toma de decisiones en entornos donde el margen de error es la cosecha entera. En la industria, la IA acelera el desarrollo de nuevos ingredientes, mejora procesos, personaliza formulaciones nutricionales. En la ganadería, monitoriza comportamientos y señales de salud animal con una continuidad que ningún cuidador humano puede replicar. En logística y distribución, anticipa la demanda y reduce el desperdicio que ocurre entre el campo y el lineal.
Todo esto es real. Y tiene valor.
Pero la eficiencia no es sostenibilidad. Esa confusión es uno de los errores más extendidos en el debate tecnológico sobre alimentación, y vale la pena detenerse en ella. Una explotación ganadera industrial altamente automatizada sigue siendo una explotación industrial. Un algoritmo puede optimizar las ventas de refrescos con la misma destreza con la que reduce el desperdicio de verdura. Una plataforma de delivery puede usar aprendizaje automático para maximizar el ticket medio de cada pedido tanto como para sugerirte una opción más saludable. La tecnología no tiene orientación moral. La tiene quien la diseña, quien la financia y quien establece los objetivos que debe cumplir.
Y aquí aparece el problema estructural que me parece más serio: la IA en alimentación requiere datos masivos, infraestructura potente, capacidad de inversión y talento especializado. Todo eso concentra poder. Las grandes plataformas, los grandes distribuidores y las grandes corporaciones alimentarias tienen una ventaja de partida enorme sobre el pequeño productor, la cooperativa local o el agricultor que lleva décadas trabajando con conocimiento que nunca ha cabido en una base de datos. Si no se diseñan políticas activas para corregir esa asimetría, la digitalización del sistema alimentario puede acabar ampliando exactamente las brechas que dice querer cerrar.
Hay además un problema de sesgo que raramente se menciona en las presentaciones optimistas. Los modelos de inteligencia artificial aprenden de los datos con los que se entrenan. Si esos datos provienen mayoritariamente de sistemas productivos de determinadas regiones, cultivos o modelos agroindustriales, el algoritmo aprenderá a optimizar esos sistemas. No el sistema alimentario que quisiéramos tener. El que ya tenemos. La IA no elimina los sesgos del sistema alimentario. Puede automatizarlos a escala.
Esto me lleva a la pregunta que debería estar en el centro del debate europeo, y que con demasiada frecuencia queda desplazada por el entusiasmo técnico: ¿para qué queremos usar la IA en alimentación, y quién decide eso? Europa tiene una oportunidad real, con la Ley de IA, con el Pacto Verde, con la Estrategia de la Granja a la Mesa, de establecer un marco que no deje esa respuesta solo en manos del mercado. Eso implica hablar de gobernanza de datos alimentarios, de transparencia algorítmica, de acceso tecnológico para pequeños productores, de indicadores que midan impacto real en salud, emisiones, biodiversidad y equidad, no solo en eficiencia de costes. Implica también regular lo que podríamos llamar el greenwashing algorítmico: sistemas que se presentan como herramientas de sostenibilidad pero que en la práctica no alteran nada relevante del modelo productivo.
Porque la sostenibilidad alimentaria no es solo producir más con menos. Es también garantizar acceso real a alimentos saludables para toda la población, no solo para quien puede permitírselos. Es preservar la biodiversidad cultivada y los modelos de producción que la sostienen. Es construir sistemas resilientes ante crisis climáticas, no solo optimizados para la eficiencia en condiciones normales. Es, en definitiva, una cuestión política antes que tecnológica.
Vuelvo al directivo de la conferencia. No tengo ninguna duda de que creía en lo que contaba. La tecnología que describía funcionaba. El problema no era la IA. Era que nadie en la sala le había preguntado: ¿eficiente para qué? ¿Sostenible según qué criterios? ¿Y quién no estaba representado en esa sala cuando se decidió lo que el algoritmo debía maximizar?
La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria para acelerar la transición hacia sistemas alimentarios más sostenibles. Pero también puede convertirse en la capa tecnológica que haga más rápido, más rentable y más invisible un modelo que ya sabemos que tiene los días contados. La diferencia no la hará la tecnología. La haremos las personas, o no la hará nadie.
Clara Talens es Doctora en Ciencia y Tecnología de los Alimentos e Ingeniera Agrónoma Ponente de la III edición de unoconcinco | Encuentros de la alimentación sostenible