Manuel Cruz Moreno.- Apúntate a la vida

Europa Press Sociedad
Actualizado: miércoles, 22 agosto 2007 17:17

Tengo tres niños y esperamos con ilusión el cuarto. Ante un niño es fácil sentir ternura, admirar su sencillez. Pero ese amor hacia el niño -a cada uno de ellos, pues cada uno es diferente-, contrasta con mi experiencia diaria en la fundación que dirijo.

Muchas madres y padres que se acercan a esta entidad, que trata a mujeres en riesgo de aborto, muestran verdadera maldad, y han perdido el amor hacia el hijo cuya vida late en su seno.

En bastantes ocasiones optan por el aborto. Se convierten así en verdaderos homicidas. Son mujeres o chicas, así como hombres y chicos, que desde el punto de vista objetivo y real se hacen responsables de la muerte del ser humano que han concebido, pero sin ser incitados a ello por el odio o la envidia, ni poseen los rasgos caracterológicos propios de los homicidas. En definitiva, no tienen la psicología de Caín.

¿Cómo es posible esto? ¿Cómo pueden darse estos casos, hoy, a millares? Hay que decir que se ha producido una mediación social, a la que toda conciencia está de algún modo sometida, y de la que los más directos responsables son, en realidad, la segunda víctima al igual que la madre. Se trata de estructuras culturales, jurídicas y económicas que empujan a una disminución de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes.

En ello influyen no poco los medios de comunicación social, que confunden con mucha frecuencia el bien y el mal en relación con el derecho fundamental a la vida.

A mí, la verdad, salvo este atenuante y algunos otros, todos los abortos me parecen graves y grandes. Distingo poco -o apenas nada, añadiría-, entre si quienes fallecen son gemelos, si tiene el síndrome de Down, o son dos hermanos los que mueren de unos trillizos. Será que no me he acostumbrado.

No siento más la muerte del feto porque la gestación se encuentre más o menos avanzada. En la ecografía, lloro tanto si veo el saco vitelino donde duerme, como si alcanzo a ver sus miembros. El inocente es el mismo.

Me duele la sinrazón, la obstinación y toda enfermedad que gira en torno a la toma de decisión de las madres, muchas veces angustiadas por sus cálculos, sus miedos y otras presiones, sus egoísmos, sus propias limitaciones. De igual modo que también se aprecia cómo muchas madres se crecen ante las dificultades, y en muchas ocasiones he visto el heroísmo de mujeres que, por sacar adelante a su criatura, llevan una vida sacrificada pero hermosa, en la que demuestran a diario su amor.

Un niño es algo bueno, algo bello. Belleza y bondad se entrelazan en los primeros años desde recién nacido junto con la misma verdad, su dignidad es la nuestra.

Defender tanto al recién nacido como al no nacido es hoy un ejercicio de rebeldía. Frente a la muerte de tantos fetos y embriones, me siento incómodo, casi con un ánimo revolucionario. Si la sociedad se ha vuelto inhumana, habrá que cambiar la sociedad. Porque no quiero para mis hijos un lugar donde la vida se valore en tan poco. Donde un embrión o un feto no valga apenas nada. Me niego a aceptar el relativismo que implantan quienes definen la vida por los días o el tamaño del embrión.

¿No es acaso hermoso saber que el primer órgano que se forma en un embrión es el corazón? Si amo el corazón de mis hijos, el de mi mujer y el mío propio, no puedo menos que querer y respetar tantos otros corazones que laten. Por eso, si tu corazón aún late, apúntate a la defensa de la vida y perdona a todos los que han perdido el juicio.

Manuel Cruz Moreno es el director de la Fundación Vida desde su constitución, en 1999. Ingeniero Industrial especializado en Organización y Dirección por la Politécnica de Madrid (1996), está plenamente dedicado a la defensa de la vida. Casado y padre de cuatro hijos, espera el alumbramiento del último de ellos, Gonzalo, que tendrá lugar dentro de poco.

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