Publicado 01/07/2016 02:06CET

Abusos sexuales y explotación, los horrores en Libia de los que huyen los migrantes

Migrantes detenidos en Trípoli
REUTERS

MADRID, 1 Jul. (EUROPA PRESS) -

Abusos sexuales, asesinatos, torturas, persecución religiosa... son solo algunos de los "horrores" que han sufrido los inmigrantes y refugiados que se encuentran en Libia y que explican por qué muchos de ellos optan por la vía desesperada de cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa, según ha explicado Amnistía Internacional (AI).

La ONG ha recopilado los testimonios de al menos 90 refugiados e inmigrantes en centros de recepción en Apulia y Sicilia, en Italia, de personas que han sobrevivido a esta travesía y que sufrieron en sus propias carnes o fueron testigos de los abusos cometidos por los traficantes de personas, las bandas del crimen organizado y los grupos armados.

"Desde ser secuestrados, encarcelados bajo tierra durante meses y sometidos a abusos sexuales por miembros de grupos armados, a ser golpeados, explotados o disparados por los traficantes de personas, traficantes o bandas criminales, los refugiados e inmigrantes han descrito con desgarrador detalle los horrores que se vieron obligados a sufrir en Libia", ha denunciado la subdirectora interina del programa para Oriente Próximo y Norte de África de AI, Magdalena Mughrabi.

"Sus experiencias dibujan una imagen terrorífica de las condiciones de las que muchos de los que llegan a Europa están desesperados de escapar", ha añadido, defendiendo que "nadie debería enfrentarse al secuestro, la tortura y la violación en Libia para buscar protección".

En este sentido, ha sostenido que la comunidad internacional "debería hacer todo lo posible para garantizar que los refugiados no necesitan huir a Libia en primer lugar" para lo que ha propuesto a la UE y otros países "aumentar dramáticamente el número de plazas de reasentamiento y visados humanitarios a refugiados vulnerables que se enfrentan a pocas perspectivas y una grave dureza en los países vecinos a los que huyen primero".

Según las estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en Libia hay más de 264.000 inmigrantes y refugiados, mientras que el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) apunta que hay unos 37.500 refugiados y solicitantes de asilo registrados, la mitad de ellos sirios.

La responsable de Amnistía ha reclamado al nuevo Gobierno de unidad auspiciado por la ONU que adopte "medidas urgentes para restaurar el estado de derecho y proteger los derechos de los refugiados e inmigrantes", además de llevar ante la justicia a quienes cometen "estos crímenes horribles".

Dichos abusos también los cometen los guardacostas y el personal de los centros de detención para inmigrantes, según han relatado 20 de los testigos, algunos de los cuales fueron víctimas de abusos en todas y cada una de las etapas de su viaje, desde su llegada a Libia hasta que llegaron a su costa. Otros que llevaban años viviendo en el país han escapado ante el acoso y los abusos de las bandas locales, así como la Policía o los grupos armados.

La mayoría de las personas con las que ha hablado Amnistía han dicho ser víctimas del tráfico de personas y fueron retenidas a su entrada en el país por traficantes o vendidas por bandas criminales. Algunos fueron objeto de golpes, violaciones, torturas o explotación por sus captores, mientras que otros vieron como algunos eran abatidos por los traficantes o abandonados a su suerte debido a su enfermedad o maltrato.

Ahmed, de 18 y procedente de Somalia, ha contado que los traficantes no les daban agua como castigo y que incluso les disparaban al mendigar agua para varios sirios que viajaban con ellos y se morían de sed. Después de que no de ellos muriera, "nos dieron agua", ha añadido, precisando que otro más murió y los captores se quedaron con sus pertenencias y no les permitieron enterrarles.

Amnistía ha podido hablar con 15 mujeres, la mayoría de las cuales han contado que vivían en constante temor durante su viaje y algunas han precisado que dado que las violaciones eran tan comunes tomaban píldoras anticonceptivas antes del viaje para evitar quedar embarazadas.

Una de las mujeres, una eritrea de 22 años, fue testigo de una violación en grupo de una mujer porque el traficante le acusó de que no había pagado su tarifa, algo que no era cierto. "Su familia no podía pagar otra vez el dinero, así que se la llevaron y fue violada por cinco libios", ha explicado.

En el caso de Ramya, también de Eritrea, ella misma fue la víctima. "Los guardias bebían y fumaban hachís y luego venían y elegían la mujer que querían y se la llevaban. Las mujeres intentaban negarse, pero con una pistola en la cabeza realmente no tienes otra elección si quieres sobrevivir", ha comentado.

Otro de los abusos frecuentes documentados es el de la extorsión. Los traficantes retienen a los inmigrantes para reclamar un rescate a sus familias, manteniéndoles en condiciones deplorables, privándoles de agua y comida y golpeándoles e insultándoles de forma constante.

Uno de los eritreos entrevistados ha contado a la ONG que vio morir por hambre y enfermedad a cuatro personas, incluido un niño de 14 años, mientras estuvo retenido a la espera de que su familia pagara su rescate. Cuando su familia pudo pagar, no fue liberado, sino que le vendieron a otro grupo criminal.

Abdulá, un joven eritreo de 23 años de edad, ha contado que los traficantes torturan y golpean a las personas para obligarles a pagar, incluso les obligan a hablar con sus familiares para que sean ellos los que paguen.

Salé, de 20 años, entró en Libia en octubre de 2015 y fue llevado de inmediato a un almacén en Bani Walid gestionado por traficantes. Durante diez días permaneció allí retenido y vio cómo moría electrocutado un hombre que no podía pagar lo que le exigían. "Dijeron que si alguien no podía pagar, sufriría el mismo destino", ha asegurado.

Salé logró escapar pero terminó en otro campo gestionado por traficantes en Sabratá, cerca del mar. "No sabíamos lo que estaba ocurriendo... Dijeron que nos mantendrían allí hasta que nuestra familia pudieran pagar. Las personas que nos controlaban nos hacían trabajar gratis en casas, limpiando, con cualquier tipo de trabajo. No nos daban suficiente comida. Incluso el agua que nos daban era salada. No había baños adecuados. Muchos tuvimos problemas de piel. Los hombres fumaban hachís y nos pegaban con sus armas y con lo que tenían a mano. Usaban metales, piedras. No tenían corazón", ha relatado.