Historia de Ola y su complicado viaje a Jerusalén y el mar

Ola junto con un grupo de beduinas
Foto: JUAN CARLOS TOMASI/MSF
  
Actualizado: domingo, 5 abril 2015 9:12

MADRID, 5 Abr. (Por Francisco Javier Sancho, periodista de Médicos Sin Fronteras) -

   Ciudad de Hebrón. Ella se llama Ola Jabari, tiene 29 años y su sueño siempre fue conocer el mar. Cuando oigo su nombre, sonrío. Ola en español... "Sí, ya lo sé", me interrumpe, "siempre me lo recuerdan los psicólogos de Médicos Sin Fronteras (MSF) que vienen de España". Que su nombre está destinado al mar.

   Ola es profesora y trabaja con el equipo de salud mental de MSF en Hebrón. Es intérprete y va a estudiar psicología para compaginarla con la educación. Y el mar, su mar, no está muy lejos, apenas unos 60 kilómetros separan Hebrón del mar de Gaza. Pero es casi imposible llegar allí por el entramado de controles a los movimientos que impone el conflicto.

   Desde su ocupación, en Cisjordania existe un despliegue masivo del Ejército israelí. Es un complejo sistema para mantener la vigilancia sobre la población que va mucho más allá del muro de separación. La población palestina está sometida a diario a controles fijos y móviles, torres de vigilancia, registros y bloqueo de carreteras.

   A esto se suma la expansión de los asentamientos en la zona, considerados ilegales según el Derecho Internacional Humanitario, pero que están bajo la seguridad del Ejército de Israel. En Hebrón, el municipio más poblado de Cisjordania, existen varios asentamientos israelíes. Uno de ellos está en el centro histórico y la seguridad de sus 800 colonos está a cargo de alrededor de un millar de soldados israelíes.

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Foto: Javier Sancho

JERUSALÉN

   Otro de los lugares preferidos de Ola es Jerusalén. Y en especial, como para muchos musulmanes, la mezquita de Al Aqsa, la que corona la ciudad vieja con su cúpula de oro. Hacía 13 años que no había podido cruzar la división entre su ciudad y Jerusalén, que dista a unos 30 kilómetros, los 30 kilómetros más largos del mundo. Se puede tardar 13 años en recorrerlos, o toda una vida sin poder llegar.

   Gracias a que Ola trabaja para MSF obtuvo un permiso de unas horas en Jerusalén para asistir a una reunión. Le pregunto qué hizo ese día tan especial, además de la reunión. "Lo primero de todo, ir a la gran mezquita". Dicen aquí que una sola oración en Al Aqsa vale por 500 oraciones en otro lugar. Le pregunto si deseó algo en particular. "Volver con mi hijo a Jerusalén"

   El hijo de Ola tiene dos años, y aún no conoce el mar ni la mezquita de la cúpula de oro. Ya hemos dicho que es una distancia no de espacio, sino de tiempo. Ola me habla de todas estas cosas en las oficinas del proyecto de MSF en su ciudad. Habla rápido en un inglés fluido, como si tuviera prisa, y sin embargo sus movimientos contradicen su voz y están acostumbrados a la espera, la quietud y la paciencia. A diario, Ola escucha, traduce, interpreta decenas de historias de pacientes con secuelas en su salud mental.

APOYO PSICOSOCIAL

   En Cisjordania, MSF trabaja desde 2000, ofreciendo apoyo médico y psicosocial a las personas afectadas por el conflicto. En las más de 5.000 consultas individuales y grupales, el 40% de los pacientes son menores de edad.

   Entre las patologías más frecuentes durante el último año, los trastornos de la ansiedad fueron el principal motivo de consulta para el 54% de los pacientes. El resto, principalmente estrés postraumático (10%), trastornos de la conducta (5%) y trastornos de estrés agudo (5%).

   Los síntomas que suelen presentar los pacientes van del miedo excesivo, la preocupación constante hasta la incontinencia urinaria, los trastornos del sueño, o la furia. Una buena parte de los pacientes presentaban al menos tres de estos síntomas.

   "Lo peor es cuando hablan las madres de los presos", dice. "Conocí a una señora con sus cuatro hijos encarcelados. No puedo olvidar sus lágrimas a cada palabra que decía sobre lo mucho que extrañaba sus rostros, las sonrisas, las voces, los ojos, su amabilidad. Cuánto deseaba abrazarlos de nuevo. Yo sentí en ese momento cómo su cuerpo traspiraba una tristeza amarga. Después de ese tipo de sesiones en la consulta de salud mental, se continúa llorando".

   Los niños, además de ser testigos de estas situaciones a diario, son también a veces objeto directo de abusos. Según el derecho militar que Israel ha impuesto en los Territorios Palestinos Ocupados los niños a partir de los 12 años pueden ser encarcelados. De 16 en adelante reciben el mismo trato que un adulto. Numerosos informes publicados por organizaciones como UNICEF desvelan graves abusos cometidos durante las detenciones, interrogatorios o encarcelamientos de menores por parte de las fuerzas armadas israelíes.

   Para limpiarse del propio dolor de vivir rodeada de muros y tan cerca y lejos del mar, para limpiarse el dolor de las historias que ayuda a traducir, Ola tiene una medicina: escribir. Un diario de notas, de reflexiones de camino, para que no se le queden incrustadas las lágrimas de las mujeres que no pueden tocar a sus hijos. Quiso tomarse fotos limpiándose, digo, escribiendo.

UNA TIERRA EN JERUSALÉN Y EL MAR

   Además de con el mar, Ola sueña recurrentemente con un pedazo de tierra. Cerca de la célebre Puerta de Damasco, en la muralla de la ciudad vieja de Jerusalén. Allí su abuelo tenía una pequeña finca. Se la arrebataron en 1967, fecha clave en el conflicto palestino-israelí. Le pregunto a Ola cómo se imagina la finca. Ella recrea las palabras de su abuelo: "llena de naranjos, sol y un mar de naranjos". Le digo que en sus sueños todo es luz y colores. Hebrón no tiene más color que el gris cemento.

   Ola, como muchas de las personas nacidas en Cisjordania, añora moverse con más libertad, sin estar observadas por la punta de los fusiles. Moverse a veces es una lucha contra la posibilidad de la muerte.

   Como a Ola le gusta escribir, hablamos de libros. En uno de ellos, 'La vida entera', de David Grossman, una mujer israelí, llamada Ora (qué curioso), tiene dos hijos. Uno de ellos se alista en el Ejército de Israel y es llamado a filas. Ora se propone recorrer su país con la vana esperanza de que, mientras se mantenga de viaje, ningún soldado vendrá a su casa a anunciarle la muerte de su hijo. Estando de viaje lo mantiene con vida. Moverse es una manera de mantener la esperanza.

   Sólo hasta que cumplió 19 años Ola pudo conocer el mar, pero estuvo junto a él apenas unas horas. Era el mar Rojo. Tuvo que pasar los controles israelíes y la frontera jordana en un viaje, otra vez, demasiado largo y engorroso para poder repetirlo a menudo.

   La segunda vez fue aún mejor. Hace tan solo un par de años fue invitada a una asamblea de MSF en Barcelona. "Caminar libremente por las Ramblas, sentir que no había controles o muros, o gente armada... Y el mar", dice de ese viaje.

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Ola en Barcelona. Foto: Javier Sancho

   En esa ocasión, Ola, la intérprete del equipo de salud mental de MSF en Hebrón se encontró con su mar sin fronteras. Sin prisas, sin miedo a que no le dejasen volver con los suyos. Quiso dejarnos constancia de ello en esta foto casi olímpica, como de alguien que llega muy lejos para volver a sí misma.

   Una reivindicación de que para muchas personas las distancias más cortas llevan toda la vida recorrerlas. Ola pertenece al mar y no sólo a una tierra con cicatrices de hormigón sin pintar, muros y alambradas. Nacer allí implica a veces que hasta vidas normales, como las de ella, no lo puedan ser. Y el secreto es no dejar de moverse, reivindicar el movimiento para mantener la esperanza.

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