Los momentos en familia pueden anticipar y dialogar los límites - Rosa Veiga - Europa Press
LOGROÑO, (EUROPA PRESS)
En un momento en el que la crianza respetuosa ha irrumpido con fuerza en los hogares, el límite entre el autoritarismo y tener autoridad puede desdibujarse. Para la psicóloga Fátima Ruiz Fuster, la clave está en "escuchar" y validar".
En una entrevista a Europa Press, Ruiz Fuster, profesora del Máster en Orientación Educativa Familiar de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), ha diferenciado entre imponer "porque lo digo yo" o un límite creado "desde la escucha, y con anticipación".
Ha explicado cómo, si llega el momento de apagar la tele porque ya se ha cubierto el tiempo, por ejemplo, hay que anticipar al menor que va a llegar ese momento.
Así, el tiempo de exposición no se negocia, pero se avisa de que va a llegar el momento y, si llegado éste, hay una rabieta, se acompaña en la emoción, validando cómo se siente el niño.
De este modo, ha diferenciado entre el limite "porque sí" y el límite marcado mostrando, desde el adulto, "la seguridad suficiente para guiar" al niño, o adolescente, "a través de las normas".
Un límite, además, en el que el adulto se muestra "dispuesto a escuchar, cuando son más pequeños, y a tener en cuenta" al joven "cuando ya los niños son más mayores".
Y es que, ha incidido, cuando se busca tener autoridad sin caer en el autoritarismo hay una dosis de afectividad, esto es, "sintonía emocional y validación" hacia nuestro hijo. "Podemos llamarlo, de algún modo, el te escucho, te tengo en cuenta", ha señalado.
"Yo te estoy marcando una ruta, una vía, pero te estoy dando una opción dentro de ese campo", ha explicado. Eso sí, sin abrumar al menor con un exceso de opciones que le hagan perderse. "Hay que vestirse, pero, ¿ponemos primero la camiseta o los calcetines", ha explicado.
Ruiz Fuster ha puesto el acento en el "ejemplo" del adulto, en cómo no se puede decir "no pegues o te doy", porque "el niño percibe esa incoherencia".
Así, ha propuesto que el adulto se "revise" y piense qué hace con la rabia que siente. También, que piense si está poniendo al niño un límite porque le "ayuda" al menor o porque es una situación que "molesta" al adulto.
"Yo creo que eso es clave, por eso también tenemos que mirarnos a nosotros y ver qué límites pongo y por qué, y si es por su bien o porque efectivamente a mí algo me molesta", ha relatado.
Y en el momento de marcar el límite, además, ha incidido en la necesidad de no ponerlo desde la voz y la distancia, sino acercarnos al niño, o joven, y participar en la acción, por ejemplo, mirarle a los ojos y decirle "vamos a recoger juntos".
Después "validar", sin confundir la emoción y el comportamiento, porque puedo decir "entiendo que te cueste apagar la tele" y, a la vez, "como ya lo hemos hablado" decidir apagarla e, incluso, preguntarle, "¿la apago yo o tú?".
Junto a esto "tener claras las normas", que en casa se marquen con claridad y se cumplan. Si un día estamos cansados para "librar esa batalla" no se habla de ello pero si se nombra hay que cumplirlo.
Si no "acotamos" lo que se debe hacer el peligro es llegar "al otro extremo, ser permisivos", cuya consecuencia, de adulto, es igual que el autoritarismo: la inseguridad emocional.
"O tengo demasiadas opciones", si los padres han sido permisivos, "o ya lo han elegido por mí", si han sido autoritarios, pero, en cualquier caso, "no he tenido capacidad de decisión, no he podido desarrollar mi autonomía".
Por último, ha señalado cómo "poner límites claros, dialogar, escucharles" es un trabajo que se recoge en la adolescencia, que es "una continuación de lo que ya llevamos tiempo cultivando".