El código de las campanas: Así se avisaban los incendios en Madrid antes del teléfono

Archivo - Volteo de las campanas de la Catedral de la Almudena. En Madrid (España) a 12 de abril de 2020.
Archivo - Volteo de las campanas de la Catedral de la Almudena. En Madrid (España) a 12 de abril de 2020. - Joaquin Corchero / Europa Press - Archivo
Europa Press Madrid
Publicado: domingo, 11 octubre 2026 9:19

MADRID 11 Oct. (EUROPA PRESS) -

Las campanas de las iglesias fueron en su día un sistema para dar la alarma de incendios en Madrid, con un código de toques que alertaban al vecindario y permitían identificar la parroquia, el distrito e incluso el barrio donde se había declarado el fuego.

Así lo recoge el sitio web del Museo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid, que repasa la evolución de estos avisos entre los vecinos y de las comunicaciones entre los bomberos, desde las campanas y las voces de los serenos hasta la incorporación del teléfono y la radio.

La primera instrucción para sofocar incendios, dictada en 1789, encargaba a los habitantes de la casa afectada y a los primeros vecinos que vieran las llamas una tarea esencial: avisar a la parroquia. El sacristán debía echar al vuelo una o dos campanas y los de las demás iglesias se sumaban al aviso.

En 1816, el procedimiento incorporó una manera de identificar el lugar del siniestro. El campanero de la parroquia correspondiente tocaba dos campanas a la vez y después las echaba al vuelo. Las otras parroquias respondían y hacían sonar su campana mayor con tantas campanadas sueltas como correspondieran al número de antigüedad de la iglesia desde la que había partido la alarma.

Para orientarse entre tantos toques, los campaneros tenían en la torre una papeleta con las antigüedades de las parroquias de la Corte. Si el incendio se producía de noche, los serenos debían avisar a quienes tenían que acudir y alertar al vecindario dando la hora y la voz de "¡fuego!" en la parroquia afectada.

UN MAPA SONORO CADA VEZ MÁS COMPLEJO

A partir de 1841, los avisos pasaron a organizarse por distritos. Los incendios de las afueras tenían una señal adicional: después de las campanadas del distrito se daban dos toques de dos campanadas, ejecutados con rapidez y separados por una ligera pausa.

En 1875 se añadió otra precisión. Una campana de timbre más fino indicaba el barrio, con una campanada para el primero, dos para el segundo y así sucesivamente. Localizar el fuego exigía conocer al dedillo aquel mapa sonoro.

La búsqueda de un sistema más claro alumbró en 1864 el 'indicador de incendios', un librillo de bolsillo con las calles de Madrid y sus afueras numeradas por orden alfabético.

La idea consistía en utilizar dos campanas de sonidos diferentes para transmitir, cifra a cifra, el número de la calle donde se producía el incendio para dejar a un lado las confusiones y las demoras, pero nunca llegó a implantarse.

Cabe destacar que las señales sonoras también servían para dirigir a los bomberos a golpe de corneta. Cada orden tenía su toque y se encontraban plasmadas en partituras que el personal debía conocer para responder correctamente.

EL TELÉFONO LLEGA A LOS PUESTOS DE BOMBEROS

El teléfono abrió una nueva etapa en la comunicación entre los propios bomberos. En 1883, José María Aparici propuso en su obra Organización del servicio de incendios en América, París y Madrid conectar los puestos mediante el telégrafo o, preferiblemente, el teléfono. Consideraba el sistema de campanadas "vicioso y sujeto a equivocaciones", con confusiones que podían retrasar la llegada de los auxilios.

El Ayuntamiento estudió las propuestas y una subcomisión de tres concejales concluyó que las señales por campanadas resultaban insuficientes. En 1884 comenzaron las obras para distribuir la red telefónica por todos los puestos de incendios y facilitar la coordinación del servicio.

Una década después, el proyecto de reorganización impulsado por el Conde de Romanones estableció que cada puesto debía contar con un libro para registrar, con horas y minutos, sus comunicaciones e incidencias. Los puestos de bomba, cuba y carrete tenían que transmitir por teléfono a los centros de su zona tres partes diarios: a las 8, las 16 y las 24 horas.

También se buscaron fórmulas para que la población pudiera dar la alarma. Los avisadores eléctricos, aparecidos en 1898, eran cajas de hierro instaladas en las fachadas que enviaban una llamada automática a una central situada en el parque de la calle Imperial, 8. Los quince instalados acabaron retirándose por su escaso uso.

DE LAS ÓRDENES A GRITOS A LA RADIO

Para comunicarse durante las intervenciones, los bomberos incorporaron en 1908 teléfonos de mochila de infantería. Estos aparatos conectaban al personal que trabajaba en la parte alta de los edificios con quienes instalaban las mangueras abajo y evitaban tener que transmitir las órdenes a gritos.

A mediados de la década de 1940, los radioteléfonos montados en los vehículos permitieron la comunicación entre estos y la central. Cuando se recibía una llamada, se encendía una luz y sonaba un timbre.

Mientras tanto, pedir refuerzos podía obligar a buscar un teléfono cercano. Esa era una de las tareas del bombero conocido como 'campana', que, además de dar los toques correspondientes durante los siniestros y hacer sonar la campana de alarma en el trayecto, llamaba a la Dirección desde la casa de un vecino o un establecimiento.

Las cabinas telefónicas también sirvieron para informar a los parques cuando las comunicaciones por radio fallaban. Según recoge el museo, al integrante más joven de la dotación todavía se le llama 'campana', una denominación heredada de quien daba los toques de alarma y se encargaba de solicitar más vehículos y personal.

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