El proyecto de Las pastoras del Valle Bajo del Lozoya busca poner en valor la actividad de mujeres que fueron pastoras desde niñas en la comarca - COMUNIDAD DE MADRID
MADRID, 15 Oct. (EUROPA PRESS) -
Las niñas pastoras del Valle Bajo del Lozoya sabían que cuando el sol llegaba al Pico de la Miel era la una y ya era hora de comer. Conocían cada fuente, camino y planta, se hacían las medias con la lana de sus ovejas y aprendían unas de otras mientras cuidaban el ganado. Muchas querían ir a la escuela y apenas pudieron hacerlo, aún así, hoy son ellas quienes acuden a los colegios para enseñar lo que saben.
"Antes los mayores no te valoraban y estos niños te valoran", cuenta una de las protagonistas de 'El legado de las pastoras', el documental que recoge las vivencias de estas mujeres de la Sierra Norte de Madrid. Sus recuerdos hablan de una infancia marcada por el trabajo, oportunidades que nunca tuvieron y de lazos que permitieron afrontar dificultades sin dejar de disfrutar de los juegos, las canciones y los bailes de los domingos.
Este jueves se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha para reconocer su papel esencial en la vida de los pueblos y reivindicar la igualdad de oportunidades en el medio rural. Precisamente, a recuperar sus historias se dedica 'Las Pastoras del Valle Bajo del Lozoya', un proyecto de la Mancomunidad del Embalse del Atazar impulsado por María Julián Prados que incluye una pieza audiovisual con una docena de testimonios de mujeres que dedicaron buena parte de su vida al pastoreo.
Entre sus protagonistas están Alfonsa Valle y Felisa García, de Cervera de Buitrago; Anastasia Sanz, Aquilina Gómez, Dionisia Isabel del Moral y María García, de El Berrueco; Isabel Martín y Cecilia García, de El Atazar; Juana Ramírez, de Cinco Villas; Juana García, de Paredes de Buitrago, y Eugenia García, de Serrada de la Fuente. El proyecto recupera también la experiencia de Teófila Suárez Martín, que empezó a pastorear en Robledillo de la Jara.
NIÑAS QUE NO PUDIERON IR A LA ESCUELA
Una de las mujeres recuerda el consejo de una vecina para contar el rebaño: coger piedrecitas y apartar una por cada oveja, de manera que, si sobraban piedras, faltaban animales. Las pastoras también recuerdan el miedo que sentían de niñas --algunas empezaron con tan solo 5 o 6 años-- al quedarse solas con el rebaño.
Cuando esto pasaba, recuerda una de ellas, una vecina levantaba un pañuelo blanco al escucharla llorar y la llamaba para que supiera que estaba cerca. Mientras aprendían a superar el miedo, el trabajo dejaba poco tiempo para ir a clase. "A las diez los muchachos iban a la escuela. Para mi era la hora que me mandaban con las ovejas", relata una de las protagonistas.
A esa necesidad de trabajar se sumaba la diferencia entre lo que se esperaba de unos y de otras. Ellos debían aprender a escribir para poder mandar cartas cuando se fueran a la mili, mientras que a ellas les decían que para coser o remendar no hacía falta estudiar.
Algunas recuerdan que se juntaban en el campo y decidían acercarse al colegio, hasta que sus madres volvían a llamarlas. Otra cuenta que apenas pudo asistir unos días antes de que su madre anunciara a la profesora que tenía que dejarlo porque necesitaban que cuidara el ganado. La maestra, doña Paquita, le propuso entonces que acudiera por la noche a recoger una muestra de escritura y unos números con los que practicar durante el día. "Y así aprendí algo", explica.
SE ENSEÑABAN UNAS A OTRAS
Entre lo que les habría gustado hacer aparecen deseos tan concretos como aprender a cortar un vestido o una blusa y ser modista, o sacarse el carné de conducir. "Para ir donde yo quisiera", precisa una de ellas. Otras soñaban con marcharse a Madrid al ver cómo regresaban las compañeras que habían encontrado una vida fuera del pueblo.
Mientras tanto, se enseñaban unas a otras lo que sabían. Junto al ganado aprendieron a coser, bordar y hacer punto, y si alguna no sabía hacer el talón de un calcetín, otra se ofrecía a explicárselo.
Lavaban e hilaban la lana de las ovejas para tejer jerseys y medias con las que abrigarse, una tarea que sus madres también hacían en casa a la luz del candil. En algunas zonas, las pastoras usaban el zagalejo --una capa para protegerse del frío y de la lluvia--, junto a las mantas y las albarcas con las que salían al campo.
CONOCÍAN AL DEDILLO EL TERRITORIO
En el campo, conocían cada lugar por el que se movían: dónde había agua, qué plantas crecían o por qué piedras podían intentar cruzar un arroyo. Para beber en algunas fuentes colocaban un pañuelo que filtraba el agua y, cuando soplaba el viento, buscaban refugio tras paredes de piedra.
Sin reloj, calculaban las horas por el sol o por el paso del coche de línea que bajaba hacia Madrid, cuya chapa distinguían al brillar a lo lejos. Al final del día, la aparición del 'lucero borreguero' les indicaba que era hora de regresar.
En verano también pasaban noches con los animales, sobre costales rellenos de paja o encima de unos tomillos, tapadas con una manta. Había que seguir pendiente del rebaño: si sonaba el cencerro y las ovejas empezaban a caminar, tocaba levantarse y cuidarlas. Una de ellas todavía recuerda que en esas ocasiones se llevaba a la barriga pan mojado en leche de cabra recién ordeñada.
"ES NUESTRA HISTORIA"
Pese a todo, en sus relatos también hay juegos de tres en raya dibujados en la tierra, canciones y bailes improvisados entre compañeras. Los domingos procuraban recoger pronto el ganado para cenar, ir al rosario y llegar al baile. "La vida ha sido muy dura, pero para mí también ha sido muy bonita", resume una de las voces del documental.
La impulsora del proyecto, María Julián Prados, destaca en el documental el papel que tuvo esa compañía en sus vidas. "Las mujeres han encontrado en la ayuda mutua y en el cuidado común un pilar fundamental para la supervivencia", explica, convencida de que el apoyo entre ellas explica en buena medida que recuerden también momentos felices pese a las dificultades que afrontaron.
El proyecto surgió al escuchar a mujeres mayores que contaban que habían sido pastoras, una realidad poco conocida que resultó estar mucho más extendida por la comarca de lo imaginado. Para su impulsora, recuperar esos testimonios permite reconocer una parte de la identidad de la comarca. "El invisibilizar estos legados es dejar a un lado parte de la historia. Es nuestra historia", remarca.
"AHORA SE NOS VE"
Precisamente, ese reconocimiento llega de la mano de las pastoras actuales, que encuentran en las mayores una fuente de inspiración y aprendizaje. Clara Benito, del proyecto 'Entrelobas', reivindica su trabajo con los animales y en los sembrados y se interesa por cómo organizaban el pastoreo o cuántas cabezas de ganado podían mantener.
"Todo mi afán es copiar lo que ellas hacían", señala Benito, que destaca además la cercanía de los encuentros, las ganas de contar de las mayores y su interés por escuchar a las nuevas ganaderas. Poder hablar con ellas, afirma, es todo "un regalo".
Por su parte, Ana Ruiz, de Granja Prados Montes, subraya la dureza del trabajo que tuvieron que asumir siendo niñas y el escaso reconocimiento que recibieron. "Ellas tienen toda la sabiduría", sostiene, al tiempo que reivindica la presencia de mujeres al frente de las explotaciones: "No quiere decir que no estuvieran antes, es que ahora se nos ve".
Ahora, aquellas niñas pastoras que soñaban con ir a la escuela visitan gracias a este proyecto integrado en Redes de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid los colegios, donde comprueban que sus experiencias vitales despiertan la curiosidad de los más jóvenes. Allí, los niños preguntan, se prueban las albarcas, y quieren aprender a hilar. "A mí eso me da vida", cuenta emocionada una de las pastoras.