MADRID 2 Dic. (OTR/PRESS) -
Si bien es cierto que lo ocurrido hasta ahora es más o menos anecdótico, no deja de resultar inquietante esta especie de obsesión cateta por llevar hasta el extremo del ridículo la no confesionalidad religiosa del Estado. Lo de llamar "Rosa de los vientos" a una escuela que se llamaba hasta ahora "Juan XXIII" o el belén que se ha montado en un centro de Zaragoza con los villancicos y demás actividades navideñas, son síntomas de que las cosas no van por donde deberán ir. Cuando nos preocupa/ocupa más que se cante o no un villancico o eliminar el nombre del bueno de Juan XXIII que el acoso escolar, las palizas a los profesores o la tasa vergonzosa de fracaso de nuestros estudiantes, es que algo falla.
Desde hace mucho soy humildemente agnóstico, serena reflexivamente agnóstico y ni mi educación con los jesuitas ni un entorno familiar católico y muy practicante, han evitado que, llegado el momento, yo mismo reflexionara sobre algo tan serio como la fe y tomara el camino que creía más correcto. Y una vez instalado en ese camino, no tendría el menor inconveniente en llamar a un hipotético colegio del que fuera propietario "Juan XXIII" cuya figura recuerdo con el mayor de los respetos, con admiración y cariño. Seguramente aquel Papa cambió, y mucho, la Iglesia católica que era la que me rodeó desde la cuna y que está en mi cultura y en mi entorno, de la misma forma que Juan Pablo II tuvo mucho que ver en que el mundo sea hoy lo que es y no aquel que yo conocí basado en el "equilibrio del terror" de las dos grandes potencias. No reconocer lo bueno y lo malo de las personas y su influencia en el mundo, es sencillamente ridículo.
Con lo de la fiestas navideñas pasa otro tanto: nos podremos empeñar en ignorarlas y hasta es posible que, de lograrlo, nos quedemos solos en Europa porque todos los países de una forma un otra, la celebran. Hay que ser muy raro para preocuparse ahora, con la que está cayendo, de eliminar a Juan XXIII del membrete de un colegio cuando la Historia habla de él y de su obra.
Lo que no entiendo es cómo en este estado aconfesional, se celebran, por ejemplo, con el derroche propio de la ocasión, unos funerales oficiales en el patio de armas de Defensa para honrar a unos soldados muertos. Nadie entonces levanta la voz ni se queja de semejante cosa (tampoco yo, claro). No sé a qué estamos jugando ni sé el por qué de ese juego que roza el ridículo más que el escándalo y que está mucho mas cerca de un papanatismo rancio de otras épocas que de una postura moderna y progre.
Andrés Aberasturi.