Publicado 31/12/2013 12:00

Antonio Pérez Henares.- Cuando se insulta a la propia familia

MADRID 31 Dic. (OTR/PRESS) -

Me escriben amigos catalanes, y alguno me cuenta en directo, que comienzan a sentir cuando viajan ahora a los lugares de donde ellos o sus padres emigraron el malestar de las gentes. No de políticos, ni autoridades, ni oficial sino el del personal de a pie, el cercano, el que antes los saludaba con cordialidad y agrado. Y me dicen que ello es apenas perceptible en las ciudades y prácticamente inexistente en lugares como Madrid, pero que en las poblaciones más pequeñas y en lo pueblos se mastica.

Lo lamento. Me parece el peor de los efectos de la pesadilla separatista. Pero más allá de que se sientan ofendidos sería muy necesario que ello supusiera alguna reflexión por su parte. ¿Se han parado a pensar por un instante cómo se siente mucha gente cuando se eleva un abucheo ante la aparición de nuestra bandera común o que se impida siquiera oírse el himno nacional en una final de Copa del Rey tapado por los silbidos? ¿Qué creen que puede suscitar el reiterado y mentiroso España nos roba entre los españoles?. Porque España somos los españoles y muchos de ellos comienzan a reaccionar ante el agravio, la ofensa, el continuo ataque y vituperio que es, así lo es siempre, el santo, seña y máximo cuerpo de doctrina de cualquier nacionalismo que se precie: el malo, el opresor, el ladrón, el vago es el otro.

Es triste, pero en realidad ese nacionalismo consigue mejor sus objetivos cuando provoca la reacción airada del contrario. Nada habrá que más agrade a la dupleta Mas-Junqueras que saber la respuesta airada que están provocando. Porque ello contribuye a separar, a ahondar la sima y a crear el odio. Del que viven y con el que pretenden triunfar.

Es por ello porque urge de manera imprescindible el nuevo relato, la razón y el discurso ordenado y encaminado al dialogo, no con los odiadores nacionalistas, sino con las gentes de a pie, con los catalanes del común. Con pocos pero diáfanos argumentos esenciales: la supuesta opresión es la más absurda de las falacias, nunca hasta esta Constitución democracia ha tenido Cataluña más autogobierno y mayor respeto a sus señas de identidad, el robo es una inmensa mentira, si algo hay es solidaridad, apoyo y, eso sí, que los impuestos los pagan en mayor cantidad, o así debía ser, los que más tienen. No los pagan los territorios y esa es la trampa más perversa en la que están cayendo todos que ha dado lugar a las taifas autonómicas.

Añádase a ello la historia verdadera de nuestra Nación y no esa patraña insostenible, súmese el futuro donde en vez de atar perros con longanizas lo que les espera es el aislamiento, la salida de Europa y el cierre de mercados. Su independencia lejos de llevarles al país de la leche y la miel donde les lleva es a la ruina. Y al embargo. Porque hay una deuda pendiente e inmensa que pagar. Nos hace mal a todos, pero a ellos les hace polvo.

En realidad ya se lo está haciendo. Estas fiestas navideñas y sin necesidad de ningún boicot, ese desafecto está suponiendo un nuevo varapalo para uno de sus productos estrella, el cava. Un pequeño ejemplo, una anécdota si quieren, pero un síntoma de por donde pueden ir mal las cosas.

El 14 será en esta cuestión un año decisivo. La política habrá de estar a la altura. Pero las gentes de a pie también podemos empezar a poner algo de nuestra parte. Por ejemplo, lo unos no recurriendo al exabrupto y con cordialidad intentar dar las razones del disgusto a ese primo de Barcelona que ha venido a pasar unos días al pueblo y los otros echándole una pensada que cuando se ponen a insultar a gritos a todo lo que huele a España, están en realidad insultando a la propia familia.

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