MADRID 7 May. (OTR/PRESS) -
Este año cambian las cosas. La Iglesia Católica pierde alguno de sus anteriores privilegios y no ingresará más dinero del Estado que el que los contribuyentes quieran que reciba. El Estado no dará -como el año pasado- nada que no hayan decidido los contribuyentes. Además, se suprime la exención del IVA y, a cambio, el coeficiente de renta pasa del 0,52 al 0,7 por ciento. El sostenimiento de la Iglesia Católica depende sólo y exclusivamente de los católicos: de lo que aportamos en la Iglesia y de lo que marcamos en el IRPF. Eso es bueno. El objetivo, sin embargo, es mejorar esa financiación con la que se pagan los sueldos del clero, cercanos al salario mínimo, o una parte de la enseñanza concertada, miles de hogares para ancianos y niños abandonados, o algunos de los programas sociales de Cáritas o de Manos Unidas, dos de las ONGs más solventes y sólidas que dependen de la Iglesia.
En los últimos tres años no decrece el número de declarantes que ponen su "x" en la casilla de la Iglesia Católica. Son el 33,6 por ciento de los que presentan su declaración, siete millones de ciudadanos, una cifra enormemente importante en una sociedad que practica el descreimiento.
Este año, volveré a marcar la casilla de la Iglesia Católica. Lo haré pensando en 1.400.000 alumnos que reciben enseñanza en centros concertados y en guarderías, que además de enseñanza de calidad, reciben una formación en valores y por los que el Estado paga la mitad de lo que le cuesta un puesto escolar en un centro público. La pondré por el trabajo excelente de Cáritas y de Manos Unidas por los más desfavorecidos. Marcaré la casilla pensando esos religiosos y religiosas que atienden con amor a enfermos crónicos, inválidos o desahuciados en los hospitales o en residencias a ancianos abandonados, a niños que sobreviven en orfelinatos -siguen existiendo, sí, en pleno siglo XXI-. A los 18.000 misioneros que dan testimonio de amor, y hasta la vida, en países de misión. Lo haré pensando en esos sacerdotes rurales que ayudan, aconsejan y acompañan hasta en la muerte a hombres y mujeres que muchas veces no tienen otro consuelo que su palabra o su oración. Me encantará hacerlo pensando en la labor que realizan con más de 200.000 inmigrantes sin casa, sin techo, sin esperanza y sin derechos. Lo haré pensando en el patrimonio cultural que la Iglesia conserva, cuida, protege y pone a disposición de todos los ciudadanos, españoles y extranjeros, católicos y no católicos.
Marcaré la casilla por todos aquellos sacerdotes, religiosos y religiosas que ayudan a los demás hasta el límite, sin preguntarles qué fe profesan o en qué Dios creen, sin medir cuántas horas trabajan cada día ni si alguien se lo va a recompensar. Marcaré la casilla de la Iglesia del padre Garralda y de tantos otros que llevan cada día el evangelio del amor a la calle. Y marcaré, también, la casilla de las ONGs, porque no me cuesta nada y puede dar esperanza a muchos más.
Francisco Muro de Iscar.
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