MADRID 17 Nov. (OTR/PRESS) -
Ese funcionario, que cobra un magro sueldo, paga con ineludible puntualidad su hipoteca, y observa a su alrededor cambios de criterio irrazonables, tras los que, más que ocultarse, brilla el tráfico de influencias ¿de dónde saca fuerzas para no hacer lo mismo?. Esas masas de trabajadores que necesitan algo más de las cuarenta horas semanales para atender a sus necesidades familiares, cuando se sientan ante el televisor y desfilan los corruptos triunfantes, la grosería envuelta en dinero, las putas por horas que cobran por contarlo, los chulos de alquiler que recaudan por presencia ¿qué sienten al ver que el triunfo y la adulación se ponen de parte de fulleros y ladrones?. Esas investigadoras, que aplazan su maternidad hasta una edad peligrosa, y viven de una provisional beca, y han dedicado su talento y su vida a perseguir algo que pueda beneficiar a la Humanidad, cuando leen el periódico y observan que, con el pelotazo de una pequeña recalificación en un modesto municipio, habría dinero suficiente para patrocinar docenas de proyectos como el suyo ¿de qué manera afecta a su valores, de qué forma influye en su vida?.
Es duro mantenerse honesto, cuando se promociona la cleptomanía, se rinde tributo al bandolero de corbata y al cuatrero del ladrillo, y se exalta el dinero, venga de donde venga. Ya es arduo mantenerse honesto en un ambiente normal, porque las tentaciones y los señuelos son una constante, una terrible termita moral. Pero es todavía más empinado, más difícil mantenerse honesto en esta España, donde la defraudación y la falacia se extiende sin cesar, donde la corrupción, peligrosamente, se extiende con tanta rapidez que va a ser difícil decirle a un hijo que hay que ser honrado, porque la decencia ni triunfa, ni domina, y la probidad lleva camino de convertirse en un arcaísmo cuyo concepto, desgraciadamente, llegará a ser completamente desconocido.
Luis del Val