Actualizado 27/12/2006 01:00

Rafael Torres.- La familia política

MADRID 27 Dic. (OTR/PRESS) -

Puede que la mala opinión que la gente tiene de la política no se deba sólo a la brutal campaña de descrédito que nos propinó el franquismo para alejar a los españoles de la tentación de ocuparse de ella, incluso puede que tampoco a la pésima impresión que inspiran tantos políticos indignos de tan elevada función. Puede que el yu-yu que inspira la política se alimente también por su relación, siquiera sólo nominal, con la familia política, esa pléyade de desconocidos que, so capa de haber adquirido rango de cuñados, yernos, nueras o suegros, penetran en nuestras vidas con variable intensidad. Y en éstas fechas, esa intensidad es mucha.

Tiene hoy uno la sensación de escribir para supervivientes, para conciudadanos que se han salvado de chiripa de la letales cenas y comidas familiares de Navidad. No serán muchos ciertamente, pues los que hayan sobrevivido a esos aquelarres de Zugarramurdique son las cuchipandas con la familia física, la propia de uno, habrán sucumbido a los espantos consustanciales al trato promiscuo, íntimo y hacinado, frente a los langostinos de carne gomosa, con la familia política, cuya principal misión en ésta vida no parece ser otra que la de arrebatarnos, precisamente, las ganas de vivir. Del mal rollo, hipócrita y devastador, de esos conciliábulos con la familia política nos viene, creo yo, parte del aborrecimiento hacia la política misma, que se llama igual y a la que atribuimos sin darnos cuenta una naturaleza similar pero a lo bestia. Sin embargo, mientras que con la familia política no hay nada que hacer (¡todos somos cuñados o algo!), la mejora de la política, el indispensable arte de convivir, sí está de nuestra mano. En la política no hay que sentarse a deglutir horribles canapés revenidos con la suegra.

Rafael Torres.

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