MADRID 23 Dic. (OTR/PRESS) -
Algunos ministros parecen haber llegado a fin de año un poco justos. Es el caso de Magdalena Álvarez, titular de Fomento, que redondeó el otro día su deficiente gestión del asunto de Air Madrid con unas declaraciones desafortunadas, diciendo que los ciudadanos no teníamos que pagarles las vacaciones a las víctimas del timo de la compañía aérea que no volaba todo lo que cobraba y lo que volaba lo volaba mal. Siendo el gobierno el responsable subsidiario de esas tristes escenas de inmigrantes varados en los aeropuertos tras haber ahorrado duro a duro el alto precio del viaje, y siendo esos trabajadores extranjeros autores en gran parte del nivel de vida que gozamos los españoles gracias a su sacrificio, a su dinamismo y a su plusvalía, lo último que podía esperarse de la ministra eran esas palabras xenófobas, egoístas y reaccionarias que si pretendían exculpar al gobierno consiguieron justo lo contrario.
Pero si Magdalena Álvarez pecó por exceso, Cristina Narbona, responsable ministerial de Medio Ambiente, ha pecado, cual va siendo habitual en ella (recuérdese su "tímida" intervención en el desastre de fuego que asoló Galicia este verano), por defecto. Al parecer, Narbona expresó en algún sitio su deseo de eliminar el asesinato público de animales en los espectáculos, esto es, la suerte de matar en las corridas de toros, pero al recibir las primeras críticas de los que disfrutan con esa execrable visión mientras se fuman un puro, y, en general, del poderoso e influyente mundo de los ganaderos, ha plegado velas diciendo que era una opinión estrictamente personal. ¿Desde cuándo un ministro expresa, en lo tocante a algo tan trascendente, una opinión "personal"? Con lo esperanzador que habría empezado 2007 con ese debate sobre la mesa, con el debate entre barbarie o civilidad, si Narbona le hubiera echado un poco más, en fin, de valor torero.
Rafael Torres.