Andrés Aberasturi.- Así, no.

Actualizado 03/07/2012 14:00:51 CET

MADRID, 3 Jul. (OTR/PRESS) -

Y llegó por fin la renovación del Constitucional y nada fue como -ingenuamente- se esperaba que fuera, como debió de ser si de verdad esas máquinas impenetrables que son los partidos hubieran querido regenerar la democracia, hacer verdad la Constitución, creer seriamente que el Poder Judicial no puede ser otra cosa que un instrumento absolutamente independiente y vigilante en un Estado de Derecho. No lo creen ni el PP ni el PSOE, no lo quieren creer más que en teoría porque sólo pretenden que nada se escape a su control.

No merece la pena repasar a estas alturas la historia -triste- de esta institución que debería ser la última garantía de todas las libertades ciudadanas, ese ejemplo de equidad que desgraciadamente no ha sido. Y cuando después de insoportables dilaciones que avergonzaban a todos se decide la renovación, no sólo no cambia nada sino que, lamentablemente, los nombre elegidos son, en su inmensa mayoría, clarísimamente partidistas con biografías públicas en ocasiones tan radicales que diluyen cualquier atisbo de independencia ideológica.

El problema es más complicado de lo que parece porque, objetivamente, es imposible pretender que los elegidos carezcan de pasado y menos aun que no tengan un criterio definido sobre las cosas; eso sería incluso peor. Lo que enturbia todo es la forma de elección, la radicalidad y la servidumbre que, a partir de ahí, se les supone y que, desgraciadamente, no parece fallar nunca en las sentencias. Lo que no puedes ser es que cualquier observador medianamente informado sepa de antemano cual va a ser el fallo del Constitucional, quienes van a votar a favor y quien en contra con un escasísimo margen de error. Y lo del Constitucional no es más que un ejemplo evidente y lamentable de la escasa voluntad de los partidos -de los dos grandes partidos- por comenzar una regeneración del sistema democrático en España que en lugar de haber mejorado con el tiempo, ha ido degenerando hacia una partitocracia que en ocasiones resulta insoportable.

El nuevo Gobierno ha tenido la oportunidad de hacer real esa regeneración pero ha preferido pactar con el PSOE y no cambiar nada. Y así no vamos a ninguna parte. La gente no entiende la Justicia y la clase política sigue siendo el segundo problema de los españoles. La falta de ética de los partidos incapaces de renunciar a su inmenso poder y sin ningún interés en cambiar el rumbo de las cosas mal hechas, está colmando el vaso de la paciencia de muchos. No se puede pedir permanentemente sacrificios al ciudadano sin devolverle la fe en las instituciones o, lo que es lo mismo, sin devolver al pueblo el poder que ostenta en una democracia. Lo que están haciendo los partidos es limitar nuestra soberanía a una papeleta cada cuatro años para luego, en nuestro nombre, negociar ellos sus propios intereses que no coinciden demasiadas veces los de la mayoría. Que no se asusten después del creciente número de los llamados antisistema porque son los propios partidos los que los están alimentando con su torpe egocentrismo.