Andrés Aberasturi.- Más allá de las primarias

Publicado 22/01/2014 12:00:23CET

MADRID, 22 Ene. (OTR/PRESS) -

No sé, pero tampoco me parece que unas primarias vayan a solucionar el descrédito que los políticos, en general, se han ido ganado a pulso desde hace años. Dicho así, parece que uno esté en contra del sistema propuesto por el PSOE, y no es eso, claro. Entre la designación de sucesor a dedo del PP -aunque luego se haga un paripé de congreso para ofrecer un aspecto democrático- y unas primarias abiertas a dos euros por votante, me quedo, naturalmente, con las primarías pese a que los experimentos hasta ahora no han sido especialmente buenos en el partido de Ferraz. Pero es que el problema no es ese o no es solamente ese.

Lo que despega al ciudadano de la clase política son muchas cosas, además naturalmente de la cotidiana y vergonzosa corrupción; es el desconocimiento de la vida real que tienen la mayoría de los que pintan algo en esas maquinarias que son los partidos donde ingresaron de jóvenes y no han hecho más que ascender, algunos vertiginosamente; lo que molesta es que a la política se llegue desde dentro y no desde fuera y cada vez que se ha intentado meter uno "de fuera" (desde Garzón a Pizarro) ha acabado en las cunetas porque el sistema termina rechazando a estos trasplantados.

De forma que se convocan primarias en el PSOE y, salvo algún milagro de última hora, los cuatro o cinco aspirantes resultan más o menos intercambiables; puede que haya "sensibilidades" distintas, que despierten más o menos simpatías pero al final por más que se intente no es fácil encontrar demasiadas diferencias entre uno y otros. Y por mucho que rebajen los avales necesarios, es evidente que no va a aparecer un desconocido mirlo blanco y arrasar desde el anonimato por muy preparado que esté. Y es que el sistema no lo permite. Y esto con primarias; pero sin primarias, sólo con congresos, exactamente igual pasa en el PP: se llevan fatal, hay bandos y hasta bandas, pero da igual que sea Rajoy, que Cospedal, que Soraya o que Feijoo: nada cambiaría salvo quizás con Esperanza Aguirre que va por libre con su liberalismo a cuestas.

Y es que el problema no está ya tanto en las personas como en las instituciones. Lo que hay que cambiar con mucha más urgencia que a los presidentes o a los secretarios generales de los partidos, es a los partidos mismos; hay que desmontar esa enorme maquinaria que tienes un millón de problemas: engranajes podridos, piezas absolutamente inútiles, conexiones de las que saltan chispas que incluso originan incendios, unos resortes tan excesivamente engrasados que ni funcionan cuando deben y todo eso y mucho más, metido en un cascarón opaco y resistente que impide que llegue la luz, el aire, los ruidos de la calle.

Hace falta una Ley de Partidos y afines (patronales y sindicatos) que rompa definitivamente todo ese tinglado de forma que cada euro que entra se sepa de dónde viene y a dónde va y, naturalmente, sin absurdas donaciones empresariales, sin fundaciones tapadera y con auditorías externas realmente serias. Pero además de eso hace falta una ética que se ha perdido -y aquí no hay ley que valga-: el valor de la palabra dada, de la promesa electoral, de poner por encima de los intereses partidistas los intereses ciudadanos, los pactos de estado cediendo todo lo necesario hasta llegar a un equilibrio que no sólo no es utópico -ahí está la transición para demostrarlo- sino que se hace cada vez más urgente y necesario.

A mí ya me da igual el nombre del que gobierne y del que esté en la oposición; sólo pretendo que parte del camino puedan hacerlo juntos y discrepen en todo lo demás. Pero hay temas que están por encima de las siglas y no pueden estar cambiando cada cuatro años. Lo malo es que todo cuanto he escrito sólo pueden hacerlo los propios partidos y no parece que hoy por hoy la sensatez y el sentido común y de estado sean un valor en alza.

OTR Press

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