Carlos Carnicero.- ¿Es tan difícil pedir perdón?

Actualizado 11/01/2009 1:00:42 CET

MADRID, 11 Ene. (OTR/PRESS) -

La política española está instalada en algunas contradicciones que sus dirigentes son incapaces de superar. La primera de ellas es la incapacidad absoluta para reconocer un error, pedir disculpas y proponer un remedio. En el pensamiento de la generalidad de nuestros políticos están instaladas dos concepciones erróneas: que los ciudadanos no son capaces de recocer los aciertos de los errores, el tino de la equivocación. Y que los políticos creen que reconocer una equivocación descalifica a quien lo hace.

Sucede todo lo contrario. La sociedad está instalada en la desconfianza hacia su clase dirigente precisamente por comprobar su incapacidad para la autocrítica y la humildad para reconocer el error. Ocurre lo mismo en la dialéctica de los líderes políticos con sus adversarios: demonizarlos por sistema sólo tiene credibilidad entre los fanáticos de cada banda. La gente, la generalidad de las personas admiran la capacidad de concertación. Esa impermeabilidad de la política española frente a las equivocaciones propias y frente a los aciertos contrarios convierte la democracia en una especie de guerra en la que ni siquiera está clara la Convención de Ginebra: el resultado es el deterioro institucional y la falta de crédito de la acción política y de los partidos ante los ciudadanos.

Un buen ejemplo de todo esto se puede encontrar en cualquier jornada ordinaria. Pero lo ocurrido hace dos días con el temporal de nieve sobre Madrid y otros lugares de España es paradigmático. Las distintas administraciones, gobernadas por distintos partidos, se limitaron a tirar balones al área del contrario sin reconocer en modo alguno una incapacidad más que de una forma tangencial cuando fue inevitable.

No estaría de más que algún dirigente se diera cuenta de que su carrera política sería mucho más confortable practicando el noble arte de la autocrítica y de la construcción de puentes con los adversarios hasta dejar de considerarles enemigos.

Carlos Carnicero.

OTR Press

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