MADRID 5 Mar. (OTR/PRESS) -
Cuánto lamento decirlo, pero no puede ser que el presidente del Gobierno salga a hacer una importante declaración (sin periodistas, por supuesto) reafirmando una orientación en la política exterior española y, a los pocos minutos, el jefe de la oposición salga a derribar ese eje estratégico, aludiendo a que lo que busca Pedro Sánchez es protagonismo frente a los competidores a su izquierda. He escuchado en estas horas de todo, y mucho de ello sin el menor sentido: incluso que el Gobierno español es pro Hamás, pro ayatolás y pro bolivariano. Y no es eso, no es eso. Pero el resultado de esta 'guerra interna en el plano internacional' está derivando en una auténtica catástrofe para nuestro país.
Como ciudadano, como español e incluso como periodista, tiendo a sentirme identificado con el 'anti trumpismo' oficialmente imperante en España merced al deseo irrefrenable de Pedro Sánchez de convertirse en líder de la 'oposición a Trump' y a cuanto él representa. De la misma manera, tiendo a distanciarme de quienes se muestran comprensivos con los ataques de Netanyahu y Trump al Irán de los ciertamente aborrecibles ayatolás, pero pienso que la violencia, y más si es unilateral, ayuda poco a la causa de la paz y de la equidad. Trump ni es un pacifista ni es equitativo, y no hay sino que ver con cuánta ira poco diplomática -y menos aún educada- despacha la posición discrepante del Gobierno español. O la de cualquiera que no se cuadre ante sus órdenes, tantas veces lesivas para la moral planetaria.
Pienso que la postura de Sánchez en cuanto al conflicto en Oriente Medio en general y sobre Netanyahu, gran aliado de Trump, en particular, es justificable. Y sería plausible si no fuera porque de ella caben esperar 'medidas' por parte de la Administración norteamericana, y ello va a redundar en mayores dificultades económicas y de presencia en el escenario mundial para nuestro país. Por otra parte, la verdad es que Sánchez está gestionando todo esto de manera poco democrática: ni Parlamento ni consultas a una oposición que, como consecuencia, se está mostrando muy poco flexible en sus propias, ocasionalmente equivocadas, tesis.
La falta de diálogo, como tantas veces se ha dicho, sigue siendo el gran pecado, la muy seria enfermedad, de la política española. El problema en España no es tanto la guerra en Irán o en Ucrania, o en Gaza, cuanto la guerra entre las dos Españas. Y, así, ni tendremos jamás un liderazgo internacional ni tendremos un puesto destacado en el concierto de las naciones. Sigue la maldición de Bismarck: los españoles somos el pueblo más fuerte del mundo... porque llevamos siglos intentando destruirnos y no lo hemos conseguido. Aún. Porque, a este paso absurdo que llevamos, todo se andará.