Publicado 21/02/2021 08:00CET

Fernando Jáuregui.- Hemos llegado a una situación imposible: ¿hasta cuándo?

MADRID, 21 Feb. (OTR/PRESS) -

"Una democracia plena no puede admitir la violencia". Triste país en el que una afirmación tan obvia como esta, pronunciada por Pedro Sánchez, alcanza honores de titular y caracteres de guiño: el presidente está enviando un mensaje a su incómodo socio, Unidas Podemos, desde donde se nos dijo que la española no es una democracia plena y desde donde, dicen algunos, se alienta --al menos, no se condena-- la violencia salvaje que protesta, en esta ocasión, por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél. Ya sabemos, o intuimos, que la democracia de Sánchez está más cerca de la de Pablo Casado que de la de Pablo Iglesias: quizá, seamos optimistas, sea cuestión de poco tiempo el que esta situación imposible se resuelva.

Me encuentro entre quienes piensan que los energúmenos que queman contenedores y, si pueden, autobuses, destrozan escaparates y se enfrentan cuerpo a cuerpo con la policía poco o nada tienen que ver con Podemos; desde luego, no votan ni votarán a UP, entre otras cosas porque estas tribus urbanas no votan. Pero también creo que Pablo Iglesias aprovecha la ocasión para tratar de mostrar a su socio mayoritario una fuerza de convocatoria que no tiene, haciendo creer que, si quisiera, apaciguaría esta violencia callejera que protesta contra el encarcelamiento de un rapero que, por cierto, en más de una ocasión ha puesto verdes a los 'morados'.

No sé cuánto tiempo aguantará Pedro Sánchez el incómodo aliento en el cogote del hombre que no iba a dejarle dormir. Pero, desde luego, no creo que la sociedad española soporte mucho más una coyuntura incomprensible: los dos partidos de la coalición, y no hablemos ya de los ministros no militantes, mantienen un absoluto desacuerdo sobre casi todos los temas imaginables de filosofía política y de praxis de gobernación. Los límites de espacio de este artículo me impiden ensayar siquiera la elaboración de una lista de los asuntos en los que socialistas y podemitas chocan: simplemente, esta que tenemos no es una coalición al uso, sino un Ejecutivo imposible. Hasta la palabra 'democracia' tiene, para unos y otros, distinto significado. Hasta lo que ocurrió el 23-F, historia pura y dura, admite diferentes interpretaciones. Estamos ante una visión socialdemócrata de la vida versus otra revolucionaria. Y eso tiene mal encaje.

Sánchez tiene ante sí una negociación con el Partido Popular para cerrar acuerdos imprescindibles para la buena marcha institucional del país y que afectan a los poderes del Estado; ha planteado el resurgir de la mesa negociadora con el separatismo catalán (cuando se forme el Govern, supongo); y ha de aplicarse a 'normalizar' de verdad la vida sanitaria, política, económica y social de una España que sale moral, estructural y financieramente destrozada de la pandemia, sí, pero también de esta surrealista dualidad en el seno del Consejo de Ministros, que se agrava de día en día. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que esto, simplemente, no puede seguir así, a base de lanzarse mensajitos sobre la calidad de nuestra democracia a través de los medios de comunicación.

Algo tiene que pasar, algo va a pasar, en el seno de un Gobierno que, en estado de alarma, con la actividad del Legislativo reducida casi a las inanes sesiones de control parlamentario, con el poder judicial sobrepasado y en plan casi de batalla, gobierna, sin embargo, con menores controles que jamás (y encima, una parte de ese Gobierno pide controles sobre los medios). La duda, ya digo, es el plazo en el que pasarán cosa que, confío, serán beneficiosas para esa democracia que los unos cuestionan y de la que los otros alardean. Otra versión de las dos Españas, vamos.

OTR Press

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