MADRID 22 Ene. (OTR/PRESS) -
En tiempos de crisis y tránsito, hay que volver a los clásicos. En "La República", Platón se hace eco de una frase de Trasímaco, que hoy es más actualidad que nunca: "lo justo es lo que conviene al más fuerte". No creo que ni Trump ni Sánchez, para su tesis escrita por otro, hayan leído al sofista griego, que sostenía que la justicia es una herramienta de poder, donde las leyes y las normas son impuestas por los gobernantes para servir a sus propios intereses. Frente a ello, Platón defiende la justicia como armonía o virtud nuclear y permanente para todos y se enfrenta a los gobiernos que representan intereses de grupo o de casta.
¿Les suena? Pero por mucho que Platón haya perdurado más que Trasímaco, ¿alguien duda de quién está ganando la batalla polìtica hoy? Para los sofistas, la acción polìtica es una técnica que solo obedece al interés propio y al poder, incluso como coacción bajo amenaza de violencia y todo lo demás sobra porque es hipocresía y no merece ir más lejos en el razonamiento: lo bueno es sólo lo útil. Y eso, además, provoca una energía erotizante, dispuesta, ustedes perdonen, a penetrarlo todo con consentimiento o sin él: la sociedad, la familia, los individuos, las empresas públicas y privadas, las fuerzas armadas, los países extranjeros, los medios de comunicación, la justicia. Todo se pone a disposición absoluta del que manda. O te sometes o te someto. Al precio que sea, por intereses personales, de grupo o de casta. Nadie está inventando nada y los clásicos lo son por algo.
Así que el sofisma y la polìtica entendida como "mi corral", en oposición a "los corrales de todos", se convierte en un simulacro. No es polìtica, es poder y quien tiene más poder actúa sin sujeción a normas. Los partidos son un simulacro. No son democráticos, están al servicio y bajo el mando único del líder. Los Gobiernos de coalición no son gobiernos, son grupos de interés y de presión mal avenidos que sólo comparten la necesidad de no dejar que otros ocupen su beneficioso lugar. Los acuerdos de legislatura no buscan soluciones. Pretenden esquilmar a todos aprovechándose de quien necesita imperiosamente sus votos y está dispuesto a ceder todo para seguir en el poder. Cuanto más débiles, mejores socios, más rentables. El Parlamento, Congreso y Senado, aquí o en Estados Unidos, no son los órganos de debate y de control del Gobierno sino obstáculos que uno se puede saltar retorciendo la Constitución.
El bien común solo importa si aumenta el beneficio personal. Los sindicatos son sólo una apariencia de defensores de los trabajadores porque sólo defienden lo suyo: más dinero, más privilegios, cero protestas. Los ciudadanos no son el objetivo de nadie y sólo se trata de que se traguen "el relato" sin rechistar pensando que a ellos nunca les van a perjudicar y que el daño a los otros soluciona problemas de todos. La verdad es interpretable y hay tantas verdades como personas e intereses, pero la buena es siempre la de quien tiene el poder. Mentir reiteradamente y sin límite alguno no resta votos.
La política para estos sofistas de nuevo cuño es sacar provecho de los ciudadanos. Como dice también Trasímaco, cuando se trata de pagar impuestos, "el justo paga más y el injusto menos". Trump se cobrará el petróleo de los venezolanos, hará el gran negocia en Gaza, comprará o invadirá Groenlandia y si es preciso, partirá Ucrania como le pide Rusia para cobrarse lo invertido en su defensa. Pedro Sánchez dará lo que le pida Cataluña que nunca pagará más de lo que reciba aunque eso rompa la solidaridad y el equilibrio entre autonomías y hará las transferencias que le exija el País Vasco a cambio de tiempo y de dañar a Madrid y a otras comunidades del PP. Un chantaje, aceptado sin rechistar. Lo que nadie puede saber es qué quedará de España y del mundo tal como lo conocemos cuando acabe el simulacro de polìtica y de gobierno. Y luego se extrañan de que los jóvenes se extremen.